Mis Fantasías Bajo La Noche

Mis Fantasías Bajo La Noche es un espacio destinado a una parte emocional sobre mi. Es el lugar donde expreso sentires más personales por medio de la escritura y que forman parte de mi personalidad. La escritura y redacción (quizá no la mejor) forman parte del aprendizaje en mi, a través de experiencias y vivencias diarias que han ido moldeando a lo que soy. Disfruta tu estancia en mi blog. Saludos y deja tus comentarios.

6. REALIDAD

La mañana era por demás fresca. Jehán se había levantado y puesto en marcha para explorar la isla de Nobul. Aun estaba del otro lado del lago por lo que tendría que analizar cómo llegar al otro extremo. Siguió merodeando por la costa esperando encontrar algo con que cruzar. Y lo encontró.
El pequeño muelle destartalado tenía una única barcaza con capacidad para cuatro pasajeros, máximo. Había dos remos puestos en su lugar. Amarró al caballo entre los árboles cercanos al muelle para no tener que buscarlo a su regreso. Llevaba su sable enfundado a la espalda y las mantas con su ropa hechas un bulto, las lanzó a la embarcación con fuerza y se subió a ella.
Le costó trabajo sincronizar el remo porque no estaba acostumbrado a ello y cuando lo logró avanzó deprisa por el lago.
Disfrutando de la experiencia observaba para todos lados. Le sorprendió la claridad del cielo y lo cristalinas de las aguas en ese sitio. Era completamente distinto a como las veía desde tierra firme.
Siguió remando con fuerza mientras disfrutaba el paisaje. El verde de los árboles, lo brillante del sol, la tranquilidad del ambiente, el olor del lago. Todo era exquisito.
Llegó a la isla de Nobul luego de casi una hora de remar y desembarcó en el muelle, más incompleto que el anterior. Había una embarcación. Tomó sus cosas y se fue con cuidado, mirando para todos lados. Caminó por la orilla de la isla durante un rato y luego de comenzar a adentrarse por la zona vio una humareda.
- Este lugar no está solo –pensó.
Siguió avanzando por el terreno lleno de hierbas y de maleza e instintivamente desenfundó el sable con la mano izquierda. Caminó en dirección hacia donde veía el humo y notó que aun estaba retirado del sitio. Se fue rodeando los herbajes y salió a un transitable camino.
- Si sigo esta línea es posible que alguien me vea –dijo en voz alta para sí –seguiré caminando oculto entre el pasto.
Se internó aun más por el otro lado del camino y continuó avanzando. El humo era cada vez más próximo. Rodeó una pequeña colina y entonces apareció.
Un pequeño templo de piedra estaba al frente a considerable distancia de con él. Había seis pilares de piedra en semicírculo y al frente de ellos estaba un altar, también en piedra. Una pequeña caída de agua estaba atrás del escenario y una mancha oscura rodeaba el piso justo delante del altar.
Un grupo de cuatro hombres y una mujer estaban instalándose a metros de la caída de agua y una fogata ardía en el campamento donde estaba otro hombre. Las tiendas que eran tres estaban casi instaladas y la mujer rondaba por la zona, inspeccionando el terreno mientras se tocaba el pecho.
- Esto es extraño, tendré que ir con cuidado si no quiero ser descubierto –se dijo Jehán.
Observó de nuevo el terreno y reparó en unas colinas más altas que donde estaba. –Si puedo llegar a ellas será mucho más fácil el vigilar lo que hacen –pensó.
Y no se tardó. Dio vuelta por donde había llegado y se apresuró a llegar a las colinas. La distancia era larga y tendría que ser precavido por lo que caminó despacio mientras exploraba el terreno. Disponía de tiempo hasta en la tarde antes que el sol se pusiera para llegar a su objetivo.
Se guardó el sable de nuevo y salió a camino abierto, pasó por donde estaba el muelle y vio las barcas. –Será mejor que te esconda –dijo mientras veía la suya. Caminó hasta el muelle y entró al agua, depositó sus cosas en la barca y caminó por la orilla jalando su bote que tenía la cabeza de un cisne de madera tallada y colocada en la punta del frente.

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La fortaleza Rambal estaba por demás silenciosa. Caía la noche y varios hombres, sirvientes del castillo, instalaban antorchas en los jardines y sobre el camino principal antes que la noche llegara. Desde una habitación el rey miraba preocupado las labores de sus empleados. Se recargó sobre el ventanal esperando a que las antorchas estuvieran listas en las afueras y cuando ya estaban encendidas se alejó de ese lugar. Tomó a la salida una gran capa negra de viaje con destellos brillantes negros en las puntas y se la colocó con fuerza en los hombros con solo una sacudida. Se regresó a la habitación y de un estante sacó una delgada tiara dorada con una amatista al centro. Se acercó a la ventana, la lanzó con fuerza al jardín y escuchó el sonido del metal zumbar por el aire mientras la gema creaba un círculo rojo que giraba velozmente. Vio la joya volar y no se detuvo a ver donde caía. Salió rápidamente del castillo por una serie de pasadizos ocultos que sólo él conocía y llegó al jardín. Miraba para todos lados, cuidándose de no ser seguido y al instante se perdió entre su capa negra. Caminó con prisa por el patio verde y húmedo por el rocío y lo encontró. Su caballo blanco inmaculado estaba en un claro al salir de los jardines del palacio y oculto entre la arboleda que comenzaba a crecer.
- Con que aquí estás hoy ¿eh? –le dijo al caballo mientras este relinchaba cuando vio a su amo llegar. –Sí, sí, lo siento. No pude liberarte antes.
El caballo que estaba sin monturas corrió alegre ante el rey y con su frente le tocó el pecho. Del hocico dejó caer la tiara que minutos antes el rey había tirado. El rey la levantó sonriente y le acarició las crines. – ¡Qué sería de mi si no te tuviera! –. El caballo piafó suavemente y se quedó quieto mientras el monarca le ponía la tiara en la frente y se la abrochaba por las crines detrás de las orejas. Acto seguido las monturas confeccionadas con tela blanca y adornos plateados aparecieron acomodadas en el animal. ­– ¡Siempre tan detallista, Rájhman!
Se montó de un brinco y sin esperar una orden, el caballo que no traía riendas corrió veloz por entre el bosque perdiéndose al poco tiempo entre la gran capa de viaje del rey.

Horas más tarde, en la cima de una enorme barranca estaba Rájhman. Su vestimenta de esa noche era completamente verde esmeralda, un turbante y sandalias negras le acompañaban, además de un sable y funda dorados. No hizo falta que encendiera fuego esta vez ya que la luna iluminaba a la perfección el espacio donde se encontraría con el rey. El río Tamaria se precipitaba al fondo de la barranca y seguía su curso varios kilómetros más abajo. El viento hizo ondear la capa verde de Rájhman al mismo tiempo que hacia silbar las hojas de los árboles.
– Al fin llega, majestad.
El viento soplaba más fuerte y de la nada una larga capa negra con destellos brillantes también en negro comenzó a materializarse varios metros al frente del mago. Un caballo relinchó entre el sonido del viento y los árboles y se posó suavemente sobre el suelo sobre sus patas traseras. Instantáneamente, el viento cesó.
– Mis saludos, mi respeto y mi lealtad para usted mi señor –saludó Rájhman inclinándose.
– Mis saludos, mi respeto y mi alta estima para ti, Rájhman –contestó el rey al tiempo que desmontaba del caballo.
– ¿Cómo se ha portado esta vez Tormenta? –preguntó el mago, componiéndose.
– Cada vez soporta menos el encierro –respondió el rey acariciando al animal.
– Es de esperarse.
– Supongo que sí.
El caballo se alejó de ellos trotando despacio. El rey miraba la barranca y el río plateado al fondo.
– ¿De modo que está hecho? –preguntó el rey.
– Así es, mi señor. El jefe de la Élite de los Caballeros Negros ha sucumbido.
– Ya sabíamos que esto pasaría, Rájhman. En especial tú.
– Lo sé mi señor. Es sólo que me siento impotente ante todo lo que se acerca. De ser por mí…
– De ser por ti se que lo hubieras impedido desde hace tiempo –interrumpió el rey.
– Así es mi señor –confirmó el mago.
– Sabes mejor que nadie toda esta treta de mi esposa, Rájhman. Sabes también que si actuamos desesperadamente todos los recursos con los que disponemos serán insuficientes.
– De sobra se todo esto, mi señor. Es sólo que el dolor que se acerca para aquellos inocentes y que nada tienen que ver en esta situación me encoleriza.
– La ambición va de la mano con la maldad –dijo el rey pensativo. –No podemos combatir estos males si no es con prudencia, con fuerza y con inteligencia.
– Es por eso que he permanecido oculto para todos ¿verdad, mi señor?
El rey sonrió.
– En efecto, Rájhman. Pero no es esa la única razón por la que te mantienes oculto. Aun no sanas del todo y una recaída en estos momentos sería demasiado desastrosa, en especial para aquellos a quienes intentas ayudar. Por otro lado, para quienes eres un enemigo mortal serías una presa fácil de cazar. Pese a tu fuerza y tu poder sigues débil.
Rájhman aceptó el cumplido en silencio.
– ¿Pudiste ir a Bislacia? –preguntó el rey.
– Sí, mi señor. Tanto Bislacia como Lazdac están con nosotros. Han puesto a su servicio al Escuadrón de Las Bengalas para luchar si es necesario. También han reforzado la cámara donde se guarda “La Corona del Halcón”. Están temerosos de que pase lo mismo que con la Flama Eterna. La emperatriz de Bislacia ha duplicado las protecciones.
– Hace bien. No sabemos que pudiera ocurrir más adelante ¿o sí?
– No, mi señor. Hay cosas que no he querido averiguar y no lo haré a menos que se trate de algo extremadamente necesario y urgente.
­– Parece que ya aprendiste la lección.
El mago rió a carcajada suelta seguido por el rey.
– Cuando regresé de Lazdac me dirigí a Zsam-jara. Tuve que actuar de incógnito entre la población. Aun así no fue suficiente pero el sello de Rambal fue puesto en la mayoría de los jóvenes de la aldea –dijo Rájhman luego de que calmó su risa.
– ¿Y el joven? –inquirió el rey.
– Me enteré que había salido de excursión hacia la isla de Nobul.
– ¡Que intrépido! –dijo el rey asombrado.
– La verdad es que sí, pero fue lo mejor. Que estuviera alejado de ahí durante mi estancia.
– Será necesario que hables con él.
Rájhman palideció.
– Pero mi señor ¿Qué le diré? ¿Cómo voy a decirle de todo esto que se acerca para él? ¿Qué se supone que…? ¡Rayos! ¡Disculpe mi señor! Pero… pero…
– Será necesario hacerle saber solo lo indispensable Rájhman. También es necesario hacerle saber que en toda esta travesía no estará solo. Tranquilízate.
– Pero mi señor, ¿Cómo voy a explicarle sobre todo esto?
Rájhman se paseaba de un lado a otro del terreno, desesperado.
– ¿No querrás que yo vaya y le explique lo…?
– ¡No! No quiero eso mi señor –lo interrumpió el mago. – En su momento sabré que decirle, pero ¿es necesario que haga esta aparición?
– Sí, es necesario –asintió el rey.
Sin nada que reprochar el mago se quedó en silencio pensando en ese encuentro que no tenía contemplado. El rey miraba al mago intranquilo mas no le dijo nada.
– Se hará como usted ordene mi señor –el rey sonrió satisfecho.
– Si en tus manos está el ayudarle desde ese momento, no dudes en hacerlo.
– Con gusto lo haré, majestad.
El rey silbó armoniosamente y al instante Tormenta apareció por entre los arbustos. Los reflejos de plata de las monturas brillaban con la luz de la luna.
– Bonitos detalles de las monturas –dijo sonriente el rey. Rájhman sonrió por el comentario.
– Por cierto mi señor, la caravana de los Mozur se encuentra al oeste del reino.
– ¿Qué? –preguntó el rey extrañado.
– Que la caravana de los Mozur se encuentra al oeste del reino.
– Sí, sí. Entendí eso, pero ¿Qué hacen por acá?
– Supongo que van de Tamaria. Al parecer se dirigen al reino de Salah-vazad.
– ¿Pero viajar por el desierto? ¿Qué los Mozur se han vuelto locos?
– No lo sé mi señor. Pero trataré de investigar si eso tiene algo de relación con lo que nos acontece.
– De acuerdo –aceptó el rey.
El rey montó en Tormenta y mirando una vez más al barranco se despidió de Rájhman con un agitar de manos. El mago que lo veía desaparecer entre la amplia capa de viaje comenzó a recitar un conjuro; escuchó el relinchar del caballo a lo lejos y una ola de viento estremeció la naturaleza. La corriente de aire se llevó entre su ruta miles de cristales verdes esmeraldas. Esta vez Rájhman se había desvanecido del mismo color que sus prendas.

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Al caer la noche Jehán había cumplido su objetivo. Estaba del otro lado de la isla en lo alto de las colinas y podía observar tranquilamente lo que hacia aquel extraño grupo comandados por una mujer en las ruinas de lo que en su tiempo había sido un extraordinario templo. Llegó a ese punto al atardecer mientras el sol se ocultaba y cuando inspeccionó el trabajo de los hombres descubrió que solo habían excavado en el suelo donde se formaba una mancha negra, el resto del terreno al parecer estaba intacto.
Siguió observando las acciones de los hombres que no hacían más que excavar y luego de un rato cuando la luna salió vio que se detenían. La mujer se alejó del hoyo excavado en forma rectangular y dejó que los hombres vaciaran nuevamente la tierra extraída en la fosa hasta dejarla al ras del suelo. La mujer se metió en una de las tres tiendas y no salió en el resto de la noche. Por su parte, los hombres se habían ido al lado del lago y se bañaban luego de la jornada de trabajo. Regresaron, cenaron y se metieron en las tiendas.
Jehán trataba de no perder detalle de lo que pudiera pasar ahí y cuando menos lo pensó el sueño se había apoderado de él, dejándolo recostado sobre una de las mantas.

Amaneció y el rocío de la noche dejó completamente mojadas las ropas de Jehán que con el aire fresco de la mañana hizo que sintiera frio y despertara. Escuchó la caída de agua al lado de las colinas de donde estaba y se incorporó. Miró rápidamente hacia donde se encontraba el grupo de excavadores y vio el terreno vacío. Se habían ido. Los buscó con la mirada al ponerse de pié y no vio rastro de ellos. Recogió sus cosas y se dispuso a bajar la colina para llegar al templo. Una vez abajo examinó los pilares de piedra antiguos y el altar y no notó nada diferente en ellos. Continuó explorando la zona y excepto por la excavación era la única alteración que presentaba el paisaje. –Esto es muy extraño –pensó.
Dejó sus mantas al pie del altar y vio la cascada. El agua que caía creaba un pequeño arcoíris con la luz del sol y las gotas de agua que saltaban fuera de la caída. Contempló de nuevo el escenario y sin dudarlo se quitó la camisa húmeda; sintió frio al contacto con el aire y sonrió. El pantalón también mojado por el rocío lo puso en el piso del altar y cuando se hubo quitado los zapatos no tardó en lanzarse a la charca de agua fría.
Luego del baño y de que se hubiera vestido siguió el desayuno, mismo que le había preparado su tía. Comió rápido y recogió sus cosas pues estaba decidido a llegar antes del anochecer a su casa. Siguió el camino del antiguo templo y en un par de horas llegó al destartalado muelle que estaba solo, sin la barca de los excavadores. Se fue a recoger la suya y cuando la alcanzó y la puso en el agua tomó fuerzas para remar y dirigirse al otro lado.

Pasado el mediodía desembarcó en el muelle y con todo y dudas encontró a su caballo. Pensó que si los viajeros habían desembarcado ahí quizá lo habían visto y se lo habrían llevado con ellos. No era así, afortunadamente. Caminó cauteloso por entre el bosque por si acaso se topara con ellos y al ir avanzando y no encontrar ni un rastro, montó y se dirigió relajado a su destino. El camino de regreso estaría acompañado por el caudal del rio Tamaria que fluía vertiginoso en dirección opuesta hacia donde el caminaba y que le alegraría la travesía. Siguió avanzando por el sendero a veces pedregoso y a veces firme hasta que llegó al pie de un barranco por demás profundo. Miró hacia arriba y pudo ver claramente el puente colgante de su aldea. Ya estaba cerca. Desmontó para descansar y para que su caballo bebiera agua fresca y caminó por el sendero. Un pedazo de una flecha roja estaba tirado al lado del camino y la recogió. La observó detenidamente y la guardó mientras regresaba por el caballo que había terminado de beber, se subió en él y retomó la travesía. Las sombras de las montañas ya ocultaban el sol y el aire se tornó fresco. Sacó la flecha que había encontrado y entonces la recordó; era la misma que vio en su sueño. Jehán hizo una extraña relación de su sueño con ese momento y la flecha y algo lo hizo estremecerse mientras arriaba al caballo para que avanzara deprisa. La inquietud del sueño lo asaltó de repente y se sintió presa de su mismo pánico. No tardaría en llegar a su aldea. Hizo galopar al animal que lo hacía torpemente por la falta de luz y cuando salió a camino abierto no se tardó en cabalgar veloz. El miedo provocado por esa flecha le hizo perder la noción del tiempo. Solo quería llegar a su casa y comprobar que todo estaba en orden. El último tramo de camino se cerraba con una curva por demás prolongada antes de tener la visión de su aldea y con los ojos cerrados y con todas sus fuerzas deseaba ver su pueblo tal y como lo dejó. Y se le concedió: el pueblo se cernía apacible y tranquilo a escasos kilómetros al fondo. Respiró tranquilo y sonrió nervioso ante el miedo que sentía. Lanzó la flecha al suelo y al instante una súbita explosión surgió del puesto de avanzada que estaba al norte de la aldea. La respiración se le cortó al instante y con los ojos desorbitados arrancó en estampida al pueblo.
Tardó casi media hora en llegar y cuando descabalgó casi al centro de la población su sueño se convirtió en una real pesadilla. Un grupo de caballeros negros montados a caballo andaban entre el pueblo tomando a cuanta persona les pasara por enfrente. Varios caballeros a pie entraban en las casas y sacaban a los habitantes que lloraban y suplicaban sin entender nada. Jehán miraba aquellas escenas como si viera su sueño y al instante recordó a su primo atravesado por la flecha. Aunque no era igual que en su sueño, si eran reales aquellos caballeros que reunían a la población en la plaza central. Las mujeres lloraban presas del pánico y los hombres se ponían delante de ellas en actitud defensiva. Los niños asustados se escondían tras su madre llorando de miedo. Tres de los doce caballeros seguían montados a caballo y el resto reubicaba a la población; las mujeres y los niños así como los ancianos fueron excluidos del centro de la plaza y los jóvenes varones quedaron al centro. Entre ellos estaba Vicenzo. Temblando, Jehán miraba sobresaltado y con el corazón palpitándole aquella selección de personas. Sabía lo que podía ocurrir. Un alboroto surgido de entre los excluidos hizo que los caballeros se exaltaran y entre los gritos y empujones comenzó la disputa. Los hombres que estaban ahí tumbaron a varios caballeros y las reacciones no se hicieron esperar. Gritos desesperados y llanto era lo único que podía verse y escucharse. Los jóvenes del centro corrieron en todas direcciones mientras el escándalo estaba y pronto una descarga de flechas se oyó zumbar por el aire. Varios jóvenes cayeron al instante alcanzados por los proyectiles y del otro lado varias personas heridas por espadas estaban tumbadas en el suelo. El caos sobrevino de nuevo. Mujeres y niños lloraban ante la brutalidad de los caballero que ya montados perseguían a los jóvenes que alcanzaron a huir. Jehán estaba petrificado cuando un grito le revivió los sentidos.
- ¡Jehán, corre! –era su primo Vicenzo.
Sin esperar dos veces subió a su caballo y sin recordar cuando había descabalgado corrió a alcanzar a su primo.
-¡Sube, tenemos que irnos de aquí! –le dijo Jehán acercándose a él y tendiéndole una mano para que trepara.
Una daga explosiva pasó cortando el viento y se clavó en la pared de una casa con la mecha prendida. La explosión no se hizo esperar y retumbó con fuerza derrumbando la pared de la casa. El caballo asustado se paró a dos manos y tumbó a Jehán. Entre el polvo y el sonido provocado por la explosión el caballo corrió de la escena espantado.
- ¡Vicenzo! ¡Vicenzo! –gritaba Jehán.
- Estoy bien –respondió levantándose sin ver a su primo a causa del polvo.
Un caballero negro se acercó a caballo y desmontó. Tomó a Vicenzo del cuello y lo levantó del piso, observándolo.
- ¡Suéltalo! –gritó Jehán con su sable en la mano izquierda y la funda en la derecha.
Vicenzo apretaba la mano del caballero mientras su rostro pasaba del rojo al morado a falta de aire y pataleaba golpeando la gruesa armadura del guerrero.
- Si no quieren morir será mejor que cooperen –dijo tranquilo el caballero.
- Nosotros no colaboramos con asesinos –respondió Jehán con furia -¡Te he dicho que lo sueltes! –le gritó.
- Tienes agallas joven –dijo el caballero lanzando a Vicenzo a los escombros. Este tosía y aspiraba con rapidez pues casi estaba asfixiado. El caballero caminó hacia Jehán que se afianzaba sobre sus piernas. –Así que quieres jugar ¿eh? –le instó el caballero. –No sabes con quien te metes.
Y fue lo único que dijo. El guerrero negro sacó veloz su espada y le soltó el primer golpe. La espada curva del guerrero chocó con el sable recto de Jehán.
- Vaya, vaya. Tenemos a alguien que sabe manejar armas –dijo el caballero burlándose.
Jehán mantenía su posición defensiva, mientras Vicenzo se recuperaba y se movía discretamente.
- ¡No te muevas Vicenzo! –ordenó Jehán.
El caballero negro volteó con Vicenzo y Jehán comenzó a atacar.
Era bueno con la espada a una mano lo que permitía la fácil movilidad de su cuerpo. Atacaba con fuerza y se sirvió de la funda para convertirla en otra arma. El guerrero se defendía sin dificultad de los golpes mientras reía.
- ¿Es todo lo que tienes? –le preguntó.
Jehán enojado no hacía más que resoplar y ganar tiempo para que Vicenzo se fuera sin problemas. El caballero dobló su esfuerzo y cambió la postura para ser él quien atacaba.
- ¡Primo, corre! –gritó Jehán.
Vicenzo se fue de lado para alejarse de ahí y corrió para perderse en las casas. El jinete atento a sus movimientos sacó tres proyectiles y los lanzó. Vicenzo cayó al instante con una daga en la pierna y las otras dos en la espalda.
Jehán, sin poder contenerse descargó un grito con coraje y arremetió contra el caballero que atendía de nuevo la pelea. Llorando, Jehán miraba de fondo a su primo que se levantaba con dificultad. El guerrero se percató y chistó al ver al joven incorporarse.
Un segundo bastó para que Jehán descargara sobre su cabeza un golpe con la funda del sable que era tan dura como el metal y tumbó al guerrero de espaldas. El gusto le duró tan poco cuando vio a un segundo guerrero acercarse hacia donde estaba Vicenzo.
- ¡Estúpido guerrero negro! ¡Alcánzame si puedes!
El reto surtió efecto. El segundo guerrero no vio a Vicenzo recargado sobre la pared destruida y se lanzó sobre Jehán que corría al máximo para poner a salvo a su primo.
La cacería había comenzado. El guerrero negro sacó un potbordú del cinto y lo silbó mientras corría. El sonido agudo y prolongado del instrumento era un aviso para su grupo.
Con fuerzas de la nada Jehán comenzó a correr hacia las afueras de la aldea con el guerrero negro detrás siguiéndole. La ligereza del muchacho contra la pesada armadura del caballero fue suficiente para que Jehán tomara la ventaja. Salió del pueblo y se fue camino arriba para llegar al puente. Una flecha cruzó el aire y se perdió en la profundidad del bosque. Un jinete a caballo llegó para suplir al que iba a pie y rápidamente acortó la distancia de su objetivo. Jehán corría sin detenerse a pesar del cansancio y tuvo la osadía de mirar hacia atrás. Una humareda proveniente del puesto de avanzada del norte y llamas de la plaza central era lo que se veía en aquel espacio rodeado de montañas.
Una daga paso por encima de Jehán y cuando se clavó entre las ramas de un árbol pudo percatarse de la chispa que ardía. Corrió de nuevo y segundos más tardes el árbol explotó lanzando ramas y hojas al aire a causa del impacto. Retomando su camino el guerrero paso de largo entre las llamas que ocasionó la daga y vio a Jehán que corría a velocidad favorecido por la pendiente que bajaba directo al puente. Siguió al joven en su intento de huir y le lanzó la última flecha que se clavó en el poste de entrada al puente.
Jehán ya había atravesado el puente cuando el guerrero descabalgó del caballo y se disponía a cruzarlo.
De un tajo firme, Jehán había cortado una de las cuerdas centrales que sostenía al puente. El guerrero se tambaleó al sentir el puente débil y ató su mano a las cuerdas laterales, enredándola varias veces sobre la soga. No podía retroceder. Sin dudar, un segundo tajo cortó la segunda cuerda del puente que sin más cayó por el fondo del barranco quedando suspendido solo de las cuerdas centrales del otro lado. Tardó en llegar a la montaña y quedarse quieto y desde su lugar, Jehán miraba al guerrero negro suspendido en el aire y amarrado de una cuerda. El guerrero desde su posición, saco un potbordú con su mano libre y lo hizo sonar varias veces a intervalos regulares. Jehán lo miraba con desprecio y lo dejó ahí colgado a su suerte, esperando a que pasaran por él o a que cayera. Trató de mirar a la aldea pero desde ahí no podía ver mucho. Miró de nuevo al caballero suspendido en el puente y para su sorpresa, descubrió a un segundo jinete cerca de donde estaba el caballo del jinete que estaba colgado. Ambos se estaban mirando.
Jehán lo observó sin temor a ser alcanzado por flechas pero se equivocó.
Un proyectil pasó rozando por su hombro y le cortó parte de su camisa. Se sobrepuso a semejante sorpresa pues había casi un kilometro de distancia desde donde estaba el jinete. Una flecha no podía atravesar ese trayecto. El caballero negro montado en el caballo misteriosamente se vio envuelto en un halo rojo que le permitía brillar de manera sobrenatural en la oscuridad de la noche.
Entonces, como si algo lo llamara, Jehán examinó el terreno donde se encontraba y lo comprendió.
El tabernáculo tallado en la pared de la montaña estaba vacío.
Avanzó varios pasos más para lograr ver a la perfección la escena y el triángulo de cristal que poseía la Flama Eterna estaba roto y partido a la mitad.
Vio de nuevo a la entrada del puente. El jinete suspendido ya no estaba ahí, estaba al lado del caballero que emanaba el aura roja. Los jinetes miraban al fugitivo al frente y le apuntaban con sus arcos tensos, listos para disparar. Jehán desenvainó el sable mientras esperaba, atento a cualquier movimiento. Una flecha con fuego salió disparada del jinete que parecía arder en llamas y comenzó a atravesar el espacio que lo separaba de su objetivo. En el aire, la flecha se multiplicó por dos, y luego por tres, al poco rato había una lluvia de centellas volando por el cielo. Presa del pánico, Jehán no hacía más que contemplar el inesperado espectáculo y movido de nuevo por una fuerza invisible corrió veloz y se perdió detrás del tabernáculo que había sido profanado.

5. EL COMIENZO
El cantar de un gallo fue el motivo para que Jehán despertara. Se encontraba en su cama con un par de mantas puestas sobre él. Se sentó en la cama, despistado y mirando para todos lados. Vio la cama de su primo Vicenzo que ya estaba vacía y tendida. Al parecer ya se había levantado. Se volvió a acostar y se envolvió en sus mantas.
- ¡Jehán! Levántate -. Resonó un grito desde afuera. Era su tía.
- Enseguida voy tía –contestó Jehán solo para él, aun adormilado.
Queriendo y no, se sentó de nuevo en la cama; su espalda y su pecho descubiertos recibieron una ola de aire fresco que hizo que se le enchinara la piel. Ya desperezado miraba su alrededor. Ese era su lugar. Se levantó poniéndose solo una manta alrededor de sus partes íntimas y salió con su tía que se encontraba excavando un hueco en el suelo de su jardín para colocar la planta que Jehán le había regalado.
- Buen día, tía –saludó.
- Buen día Jehán ¿Qué tal te sentó dormir en cama luego de días de estar durmiendo en el suelo?
- De maravilla. Me siento como nuevo. –respondió el sonriendo. ¿Y mi tío y Vicenzo?
- Ah se han ido a pescar con tu tío Samuel. Quizá con un poco de suerte y hoy te daremos la bienvenida con unos cuantos pescados asados. ¿Se te antojan?
- Pero por supuesto tía –contestó Jehán encantado.
- Ándale pues, hijo. Ve a arreglarte para que desayunes y te vayas al mercado, necesito que me compres ciertas cosas para la comida. Además podrás ver a Miria, ha estado preguntando por ti -su tía lo miró de reojo.
Jehán se sonrojó.
- Voy a bañarme. No tardo.
Y se fue a bañar dejando a su tía removiendo la tierra y quitándole unas lombrices.
- Con que ustedes son las causantes de que mis plantas se sequen ¿eh? –les dijo a las lombrices ahora partidas en dos y que se retorcían y brincaban por el suelo resistiéndose a la muerte.


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A kilómetros de distancia de ahí en un ambiente rodeado de jardines, la reina y su madre acababan de terminar el desayuno. Disponían de tiempo antes de enfocarse a las actividades del día por lo que la reina desayunó en el patio oeste.
- Aquí tienes hija –y le extendió la mano a la reina, mostrándole un collar con una preciosa gema azul y una cadena de plata.
- Esto es…
- Lo que le darás a Kryory una vez que regresé. La gema azul incrustada es la fuente de la energía de modo que con eso podré tenerlo controlado. Además esa misma gema funciona como reflector por lo que podremos ver donde se encuentra Mohamed y lo que hace.
- Ha sido demasiado rápido ¿no lo crees, madre? –preguntó la reina sosteniendo la cadena y observándola.
- Las condiciones actuales lo requieren, hija.
- ¿Qué quieres decir?
- Recuerdas que te comenté sobre los participantes en la protección de la tumba; pues bien. He descifrado un fragmento de un libro secreto de uno de ellos y una persona participante se encuentra en la aldea de Zsam-jara. No sé quién es. Pero es un hombre mayor de edad, joven aún. Investigando en el padrón, no sería mucho muy difícil dar con él, la aldea tiene alrededor de dos mil habitantes, en su mayoría mujeres. Los ancianos y los niños varones constituyen el setenta por ciento de la población en hombres por lo que el resto está en el rango.
- Impresionante –dijo la reina levantándose el vestido por demás pesado, facilitando su caminar.
- Hija, tengo entendido que te urge encontrar esa tumba, no tendremos que demorarnos mucho o los planes podrían caerse. No somos las únicas que buscamos esa reliquia.
- ¿Qué? –dijo la reina deteniéndose en seco.
- Lo que oyes, existen más personas que buscan esa tumba así que…
- Elimínalos –dictaminó la reina tajantemente interrumpiendo a su madre.
- No es tan sencillo –dijo Zoltana sin vacilar –así como nosotras, ellos también tienen protecciones. Si hago algún ataque sin conocer qué tipo de magia los protege podría morir.
- Entiendo, entiendo –resopló furiosa la reina. –Por lo que respecta al joven de Zsam-jara, ¿crees que sirva de algo?
- Por supuesto hija –respondió la hechicera radiante de alegría –eso supondría el último escalón en la búsqueda. Con ese joven en nuestras manos, la muerte de tu esposo sería inminente. Reunidos los protectores de la tumba bastará con obligarles a revelar la ubicación exacta del sepulcro y entonces el poder sería nuestro.
La reina miró de soslayo a su madre que no cabía en sí de la emoción por los futuros resultados.
- No te equivoques madre, el poder será solo mío –pensó la reina fingiendo alegría y luego habló –. Entonces cuenta con que Kryory tendrá a su regreso el collar. Te lo haré saber cuándo así sea.
- No espero menos –contestó la madre. –Hija, necesito enviar a Dévone a una nueva misión. Esta vez irá a la ubicación de donde salió el rayo en la búsqueda anterior.
- ¿Crees que sea conveniente enviarla?
- Sí, necesitamos conocer ese lugar y ella es la adecuada para eso.
- Pero si dices que hay agua, ella podría…
- No le pasará nada. –dijo apresuradamente la madre. –Además conviene sacarla de aquí, no es benéfico tenerla en el castillo.
- Envíala entonces –sentenció la reina.
El sol estaba en su punto más alto. La reina entró al castillo por la puerta principal y Zoltana se fue por donde habían caminado para buscar a Dévone que sería enviada a la isla de Nobul.


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Era el mediodía y el calor comenzaba a sentirse. Jehán se encontraba en una calle llena de gente con Miria.
Miria era una joven de la misma edad que Jehán, veintitrés años; era esbelta y su pelo lacio a media espalda totalmente rubio era su principal atractivo. Su piel tersa y suave propia de la edad era clara, por lo que contrastaba perfectamente con lo rubio del cabello. Estaban sentados en una fuente con caballos de piedra de los cuales les salía agua por la boca. Eran tres.
- ¿Así que te vas de nuevo de excursión? –preguntó Miria sorprendida.
- Efectivamente, ya han pasado dos días luego de mi regreso y la verdad me siento algo inquieto.
- ¿Sucede algo? –preguntó de nuevo la joven.
- Nada complicado, creo –respondió Jehán –. Hace días en la anterior excursión vi salir un rayo de la isla de Nobul. La verdad quisiera ir a investigar que pudo haber sido.
- Podría ser peligroso –razonó la chica –mejor quédate aquí o ve a otro lado. No vayas.
- Debo ir Miria, no tengo nada que hacer por ahora. La cosecha de mi tío no la recogeremos hasta dentro de dos semanas que es cuando sea el Festival del Agradecimiento. Quisiera ir ahora que puedo.
- Supongo que sí, pero…
- Pero nada Miria –la interrumpió Jehán –estaré bien, ya verás. Además la isla no está tan lejos. Si sigo el camino del río estaré pronto ahí.
Miria no dijo nada, agachó la cabeza y se miró las manos. En ese rato fue consciente de la cantidad de gente que había en la plazuela. El ruido de las voces la sacó de su ensimismamiento.
- Supongo que no hay manera de retenerte. ¿Ya sabe tu tía que te irás de nuevo?
- Lo comentamos hoy en el desayuno. Al parecer no le hace gracia.
- Y con justa razón –protestó Miria.
- No empieces Miria –previno Jehán –ya sabes que es mi pasatiempo favorito. El lugar es perfecto.
- Ya sé que te gusta. Pero es que te vas solo y a veces no sabemos de ti en días. Quizá pudiera pasarte algo o que se yo y mientras nosotros aquí sin saber nada –dijo en todo preocupado.
- Miria. Nunca me ha pasado nada ni me pasará –y volteó a mirarla a los ojos –. No te preocupes, estaré bien –y le esbozó una sonrisa.
Miria resignada sonrió ante la mirada dulce de Jehán y se puso de pie, de frente a la fuente. Se sentó inesperadamente de nuevo y acarició el agua fresca de la pila. Juntó sus dos manos e hizo con ellas un contenedor y con fuerza le lanzó a Jehán el agua que alcanzó a depositar en sus manos. Éste reaccionó instantáneamente a la frialdad del agua y se irguió soportando la respiración. Miria corrió veloz por entre la gente que la miraba riendo a carcajada suelta mientras se escabullía para no ser mojada por la represalia de Jehán, mientras este la veía alejarse. Sonrió.
Después de todo no tenía duda. Miria no le era indiferente.

- Así que te vas de nuevo.
- Sí tío Aarón. Estaré fuera por lo menos tres o cuatro días.
- ¿Y a dónde vas esta vez?
- Pretendo alcanzar la isla de Nobul.
- Ya le he dicho yo que es demasiado rápido para que se vaya –dijo su tía entrando a la conversación –apenas llegó.
Aarón miró a su mujer y luego a Jehán que se encogió de hombros.
- ¿Por qué quieres ir a la isla de Nobul? –preguntó su tío.
- He pasado miles de veces por ahí y es el único lugar de la zona que me queda por explorar –respondió Jehán ocultando el motivo por el cual quería ir a la isla.
- ¿Tu qué dices, mujer? –le preguntó Aarón.
- Yo digo que no vaya –sentenció su tía determinante.
- ¿Y tu tío, qué opinas? –le preguntó Jehán.
- No vamos a detenerte así te amarráramos. Es mejor que vayas y que te lleves tu sable. No sabemos que pudiera haber ahí.
La tía de Jehán se fue chistando dejándolos solos.
- Gracias tío.
- De nada, y por la mujer no te apures, al rato se le pasa el enojo. ¿Cuándo te vas?
-Quiero irme dentro de un par de horas para a alcanzar a bajar con el atardecer.
- Será mejor que te prepares entonces. Tú alista aquí lo que necesites mientras yo te preparo las monturas y el caballo.
Jehán le dedicó una feliz sonrisa.
- ¡Gracias tío, de verdad gracias!
Su tío le devolvió el gesto y salió para la caballeriza que estaba atrás de la casa.
Jehán preparó entonces sus cosas. Tomó un par de mantas de su armario, buscó un cambio de ropa limpia y lo agregó con las mantas. Del fondo del armario sacó una larga caja de madera, delgada y tallada delicadamente. La abrió con cuidado y miró el interior protegido por un lienzo de terciopelo blanco. Desenvolvió el contenido y ahí lo tenía. Su sable de un metro y veinte de longitud guardado sobre su funda negra hecha de un material resistente al tacto del filo de la hoja de la espada. Casi a tres cuartas partes tenía unas correas también negras con incrustaciones plateadas para colgarse a la espalda. Desenfundó el sable y lo miró. Su filo estaba intacto y la hoja era tan fina que no mostraba ninguna rasgadura. Lo acomodó en su brazo izquierdo y cortó con un tajo transversal el viento de la habitación. Escuchó el sonido que hizo el corte imaginario y sonrió para sí mismo. La excitación le corría por las venas. Guardó el sable de nuevo y desde la cocina escuchó a su tía gritar:
- ¡Jehán! Ya está lista tu comida.


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Las antorchas puestas alrededor del castillo parecían de lejos candelabros. Mohamed Kryory y su equipo estaban ya por los bordes de los terrenos de la fortaleza luego de casi dos días de cabalgata. Los caballos agotados daban muestra de su cansancio al trotar despacio. Los caballeros por su parte también estaban cansados luego de que ese día no descansaron más que para refrescarse en un arroyo casi extinto. Siguieron avanzando por el sendero despejado de árboles en su totalidad cuando Mohamed dio la orden de acelerar el paso. Renovaron su andar y siguieron avanzando hasta que casi una hora después llegaron por la entrada norte al palacio.

- ¿Qué tal el regreso, Kryory?
La voz de la reina sonó pausada y tomó a Mohamed por sorpresa. Este se sobresaltó al oír la pregunta y se detuvo al instante, dejando lo que estaba haciendo. La reina a espaldas del caballero vestía un entallado vestido aterciopelado rojo, con un escote. Un cinto dorado con perlas ceñía su cintura haciendo resaltar la figura por demás esbelta de la reina y su cabello recogido en una alta cola de caballo estaba adornado por una tiara, en lugar de la pesada corona.
Mohamed se volteó despacio y se hincó, nervioso, con la mirada hacia el suelo.
- Mi señora –balbuceó tartamudo.
- Levántate Mohamed –dijo la reina entrando a la habitación del guerrero –y bien ¿Cómo ha sido la ruta ésta vez?
Mohamed que seguía hincado tragó saliva antes de responder.
- Ha sido excelente, majestad. No ha habido novedades.
- Me imaginaba eso –dijo la reina tendiéndole la mano a Mohamed para que se levantara. Este no hizo caso de ello y se levantó.
Él se atrevió a mirarla a los ojos y un sudor frio le recorrió la frente.
La reina cerró la puerta de la habitación sin dejar de mirar al guerrero que tenía solo la armadura de las piernas puesta. Veía los fuertes brazos de aquel hombre arañados por el peso de la armadura mientras el abdomen estaba cubierto por una camiseta delgada. Avanzó la reina despacio acercándose a él. Él estaba petrificado. El corazón acelerado del caballero palpitaba a su límite. La reina siguió mirándolo y se acercó más a él hasta que sentían su respiración chocar uno contra otro. La reina sonrió delicadamente y pasó de largo, sentándose en la cama de Mohamed. Éste seguía de pie, desconcertado.
- Mohamed, tal parece que estás petrificado –le dijo la reina irónicamente.
- No es eso, majestad. Simplemente me desconcierta el hecho de que haya venido hasta mi habitación.
El caballero restableció el habla y el semblante y se puso de frente a la reina que levantó su ceja derecha, coqueteando.
- De manera que no ha habido novedades –dijo la reina afirmando.
- No, majestad. Todo parece estar en orden por el reino.
- Me agradan las buenas noticias. Eso significa que tendrás un tiempo para reponerte de la travesía ¿cierto?
- Así es, si su majestad el rey Rambal no dispone de otra cosa.
La reina hizo un gesto ante el comentario y se puso de pie, rodeando al caballero y poniéndose detrás de él. Mohamed de nuevo sintió frio por su cuerpo y se quedó quieto, mirando el dosel azul de la cama que estaba amarrado por fuertes cordones dorados.
La reina lo abrazó por atrás y con sus manos le acarició el abdomen y el pecho. Mohamed levantó su cara al cielo y cerró los ojos. No era insensible al tacto.
- Majestad.
La reina siseó despacio callándolo. Tocaba con sus manos suaves la espalda ancha y los brazos musculosos del caballero. El estaba inmóvil ante los movimientos de la emperatriz. Lo siguió acariciando y las manos pasaron a los muslos y luego a las piernas. Sintió las correas de la armadura y las desató, cayeron al instante e hicieron un sonido sordo que fue amortiguado por la alfombra circular que rodeaba a la cama. Se incorporó luego de desatar las correas y se puso de frente a él.
La delgada línea que aun mantenía el caballero para no sobrepasarse se rompió cuando la reina tocó delicadamente la virilidad del guerrero.
Y entonces no se resistió.
Tomó con sus brazos fuertes a la delgada mujer y la levantó a la altura de su cara. La respiración agitada de él chocaba en el rostro de la reina y entonces, derrumbando su voluntad, la besó.
Ella correspondió al beso sintiendo el deseo arder en su piel y le rodeó el cuello con sus brazos.
Se acostaron en la cama entre caricias y abrazos y pasado un momento bastó con que Mohamed jalara un lazo y el dosel de la cama cayó, dejándolos a ambos dentro una cámara completamente oscura.

En una habitación en la torre más alta del castillo estaba Zoltana, la claridad de la luna entraba por las tres ventanas de la habitación circular. El aire de la noche movía las nubes a gran velocidad y agitaba los árboles con furia.
- Así que no has perdido tus cualidades, querida hija.
En una fuente de piedra, Zoltana miraba en el agua todo el proceso de su hija. Sonrió discretamente al notar en el contenedor el reflejo de la gema azul que aun la reina traía colgada a su cuello.
Estaba hecho. A partir de esa noche Mohamed Kryory y la Élite de los Caballeros Negros estaban a su mando y, en ese mismo momento, las órdenes para capturar al hombre de Zsam-jara habían sido efectuadas. El acto para encontrar el tesoro mas ansiado por la reina había comenzado.

CAPÍTULO 4


LA ÉLITE DE LOS CABALLEROS NEGROS


Mohamed Kryory estaba sentado en un tronco caído y podrido, miraba el reflejo de los rayos del sol en las aguas mansas del lago Nibanza mientras su equipo se instalaba de lleno en ese lugar para acampar. Mohamed, conocido comúnmente solo por su apellido “Kryory” era el tercer jefe del grupo denominado “La Élite de los Caballeros Negros”.
En plena madurez, a sus treinta y cinco años Mohamed era un guerrero valiente y apuesto, de tez clara, ojos de color azul claro que resaltaban debido a su tono de piel; de gran estatura y fornido. Había logrado el puesto de jefe del grupo al vencer en un torneo de lucha al anterior jefe que presentaba su retiro y como era tradición, los caballeros que formaban parte de las filas de guerreros del reino Rambal competían por entrar al equipo. Se hacían llamar la élite por ser los mejores guerreros y por su excelente capacidad para el manejo de las armas, tanto de espadas y lanzas como de arcos y flechas, sin dejar de lado por supuesto sus habilidades físicas. Kryory era un hombre solitario, razón por la cual a su edad era de los pocos guerreros solteros que existían en el reino. Se le atribuía el hecho de su soledad a que cuando apenas tenía un año de casado, su esposa murió junto con la criatura que estaba por nacer, ambos en el parto. Aun cuando de eso hacia alrededor de ocho años, sentía como si hubiera sido apenas ayer.
El ingreso como jefe del grupo de la élite ocasionó dos acciones notables: la primera era que tenía más ocupaciones, cosa que le sacaba de su ensimismamiento cuando pensaba en su esposa e hijo y la segunda conocer y tratar más de cerca a la reina, la cual le parecía por demás hermosa y atractiva. La convivencia que había cuando él estaba en el castillo hacía que se le debilitaran las piernas cuando cruzaba miradas o palabras con la reina. A sabiendas de la alta estima en que lo tenía el rey, Kryory era infiel a su lealtad como vasallo, pero solo en sus pensamientos.

-Hemos terminado Kryory, pasaremos aquí la tarde y la noche y partiremos al castillo al amanecer –le dijo uno de sus colaboradores. Él se levantó y miró el campamento ya instalado con las tiendas en pie.
- Bien. Si han de comer será mejor que se apuren a pescar, el lago tiene gran cantidad de peces que esperan a ser cocinados. Mañana por la mañana estén listos al alba.
-¿Sucede algo? –le preguntó su compañero.
-Nada que no sepas, ya sabes que la tranquilidad de los espacios abiertos me traen recuerdos sobre Fara.
El soldado no dijo nada más y Kryory se dirigió a su tienda y al llegar a ella se detuvo.
-La noche se acerca –les dijo a sus camaradas –por lo que será mejor apresurar la cena para preparar las guardias.
Fue todo lo que dijo y entró al pabellón mientras el resto de su grupo solo se miraba entre sí mostrando confusión en sus rostros.

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El alba los sorprendió con un viento ligero que hacía silbar el follaje de los árboles y los bañaba con la brisa del lago. Las últimas estrellas del amanecer estaban dando paso a la claridad del sol que salía por entre las montañas lejanas y los soldados ya estaban preparándose para partir. Los once caballeros al mando de Mohamed Kryory vestían completamente de negro. Su uniforme consistía en prendas ligeras tanto el pantalón como la camisa; los muslos y las pantorrillas estaban protegidos por una armadura metálica labrada con grecas y pintada con los colores del reino, rojo y negro. En el pecho y el abdomen vestían también una armadura lo suficientemente gruesa como para soportar impactos de flechas, también con el mismo diseño del resto de las protecciones en las piernas. Los guantes también negros tenían la punta de los dedos libres y se adornaban por un rubí en la parte superior, permitiendo y facilitando la movilidad de los dedos. Su cinto, ancho para soportar el peso de las armas, contenía una o dos espadas, según la habilidad del caballero; por el lado de la pierna izquierda tenia sujeta una carrillera que colgaba al aire con media docena de dagas, del lado derecho tenia exactamente lo mismo pero las dagas eran explosivas. El casco era de metal y tenía solo una protección en la nariz, dejando libre el espacio entre la boca y los ojos para facilitar la ventilación. La capa tres cuartos les llegaba un puño por debajo de los glúteos, era igualmente negra con el emblema del reino “La Flama Eterna” pintada en color rojo y además, llevaban en la espalda un arco y el carcaj con flechas.
Como parte de la indumentaria era necesario estar provisto de todas las armas posibles por lo que cargaban con ellos todos esos accesorios.
Mohamed salió de su pabellón y vio a los soldados ya vestidos y preparándose para salir. El se ajustaba la capa por el frente y se colocaba el carcaj y el arco.
- Los caballos ya están protegidos y ensillados. Como puedes ver, nosotros ya estamos casi listos para salir -. Le dijo el mismo hombre que le habló la noche anterior.
- No hay que demorarnos entonces, tenemos que llegar cuanto antes a la fortaleza y eso nos tomará mínimo dos días. Que desmonten la tienda y en que terminen de recoger todo.
- Entendido señor –dijo el guerrero y se dio media vuelta y se fue a dar instrucciones.
Mohamed miraba el azul oscuro del lago que iba tornándose claro con la claridad del sol y resopló pensativo.
Escasos minutos más tarde el grupo ya estaba listo para salir y cuando dejaron todo asegurado, se fueron del lugar acompañados por el sol que ya había salido completamente.


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El despertar de Jehán fue tranquilo tanto que no se dio cuenta que el sol ya estaba puesto por el cielo. Se desperezó tranquilamente y miró a su alrededor, todavía con sueño. El caballo estaba dormitando bajo un árbol donde pasó la noche resguardándose de la brisa nocturna.
Jehán se levantó de su lugar y se estiró. Recordó al instante el sueño que tuvo. Había sido de cuando su tío Aarón se disponía a enseñarlo a manejar la espada. Sonrió recordando sus inicios y al instante se preparó para salir del bosque, había determinado no detenerse hasta llegar esa tarde a su aldea. Recogió sus cosas y las preparó entre las monturas del caballo, que ya estaba despierto y se había puesto de pie, lo ensilló y ya totalmente despierto, salió del claro donde pasó la noche y reanudó su camino.
El sol aumentaba su calor conforme pasaban las horas. El día era especialmente fresco y agradable por lo que Jehán disfrutó su travesía admirando el paisaje boscoso que rodeaba a su aldea. Pasadas las horas descansó en un arroyo para tomar agua y refrescarse y para que su caballo también lo hiciera. Siguió su marcha caminando pues estaba cansado de montar y cuando quedaba poco para que la noche llegara por fin la divisó. La aldea se encontraba sumida en el silencio, perdida entre las montañas y los árboles. El gran caudal del rio Tamaria brillaba con los rayos del sol y desde esa distancia parecía solo un hilo plateado serpenteando entre los valles. Jehán sonrió ante la felicidad de regresar a su casa y con nuevos ánimos se dispuso a bajar la pendiente, llegó al cruce del puente colgante que conectaba a la montaña sagrada del fuego y siguió de largo. Su casa lo esperaba.


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Rájhman se encontraba preparando una fogata cuando el peregrino envuelto en su capa de viaje negra y acompañado por su caballo blanco inmaculado llegó. Desmontó suavemente y se acercó al mago mientras éste se encontraba de pie, recibiéndolo con media reverencia.
-Mis saludos, mi respeto y mi lealtad para usted mi señor –saludó cordialmente Rájhman.
­-Mis saludos, mi respeto y mi alta estima para ti, Rájhman –dijo el hombre devolviéndole el saludo.
Rájhman se enderezó y miró el rostro del hombre, se veía cansado por la travesía pero la vivacidad de los ojos y la amplia sonrisa le daban una vida como a ninguna otra persona.
- ¿Se siente bien, mi señor? –preguntó Rájhman.
- Perfectamente bien, es solo que el viaje ha sido algo apresurado –respondió el hombre quitándose la capa y quedando solo en una prenda azul cielo, salpicada de destellos plateados.
- Entiendo, es solo que esta vez la necesidad de platicar con usted era algo urgente.
- Lo sé por eso mismo estoy aquí. Dime ¿qué es lo que ocurre?
- La Élite de los Caballeros Negros, mi señor.
- ¿Qué ha sucedido con la Élite? -preguntó el rey preocupado.
- Nada grave mi señor, es solo que ya caminan por los territorios del reino y es posible que la ronda de vigilancia la hayan terminado antes de lo planeado.
- Me imagino que sí –dijo el señor mirando al mago. ¿Tienes algo que decir o que preguntar?
- Para serle sincero, sí. Conozco de antemano la misión que tiene la Élite sobre resguardar la Flama Eterna. Últimamente he presenciado actos poco ordinarios y que sé están relacionados directamente con magia.
- ¿Qué tipo de actos?
- El día de ayer un rayo salió de la isla de Nobul, para ser exacto de las ruinas del antiguo templo de la Flama Eterna.
El viajero arqueó las cejas esperando escuchar más.
- Sabemos de sobra que existen personas las cuales buscan desesperadamente la tumba de su esposa, mi señor. Mi preocupación viene a que ese rayo emitido del templo fue solo el resultado de un mecanismo de protección que la tumba tiene. Evidentemente tanto usted como yo sabemos que hará falta algo más que un rayo para encontrar esa tumba.
- Lo se Rájhman –inquirió el rey sin mostrar mucha preocupación. –por lo tanto no debería alterarte el hecho de lo que sucede con la tumba no darán con ella.
- No deberíamos estar seguros –alegó el mago sentándose a un lado del fuego e indicando al rey que tomara asiento –el recorrido por los ocho reinos de esta tierra me señalan que hay indicios de búsqueda de la tumba.
El rey que se estaba sentando se sobresaltó al oír aquello.
- ¿Qué dices? –le preguntó el rey extrañado.
-Eso mismo, mi señor. Las relaciones diplomáticas entre los reinos no es la misma. Personas con el mismo fin pretenden localizar esa tumba. Si se conocieran entre ellos unirían fuerzas para tratar de lograr la ubicación del sepulcro y de su contenido. Como verá no favorece a nadie. Al menos no a nadie interesado en resguardar el secreto de la tumba.
El rey estaba perplejo. Conocía de sobra a Rájhman y sabia que lo que decía era cierto por tanto debería ser tomado en cuenta.
- Francamente desconozco a quienes estén tras la tumba de mi esposa pero no permitiremos que ésta salga a la luz.
- No mi señor, no lo permitiremos. Por lo cual eso me remite a la Élite de los Caballeros Negros.
- ¿Qué tienen que ver ellos?
- Conocemos de antemano las capacidades del grupo –respondió el mago –pero si se suscitara algo más que una simple búsqueda, como por ejemplo una lucha, la Élite no seria suficiente para defender primero a la Flama Eterna y mucho menos defender al reino. Las meras suposiciones quizá sean exageradas pero deberíamos estar preparados para lo peor.
- Entiendo el punto –dijo el rey pensativo -¿Tan graves son los hechos?
- No graves en su totalidad, al menos no por ahora pero con el pasar de los días, si el destino acerca a personas que no debieran estar juntas los resultados podrían ser desalentadores.
- Seguirás vigilando ¿verdad? –preguntó el rey al mago directamente.
- Por supuesto mi señor, ese es mi trabajo.
- Te lo agradezco Rájhman –le respondió mirándole y con una sonrisa.
- He estado alerta del chico –dijo inesperadamente el mago. –A estas horas ya debería estar en su casa.
- ¿Cómo le ha ido? –preguntó el rey.
- Supongo que bien. Iba camino a su casa muy contento luego que divisó la aldea.
- ¿Reparó en la montaña sagrada?
- No. Pasó de largo y no se detuvo siquiera.
El rey sonrió.
- Tan despistado como siempre.
- No lo creo mi señor, por ahora no tenia nada que hacer ahí. Mi señor -agregó -hemos de prestar suma atención al chico. Sobre él recae el peso de la esperanza.
- Lo tengo por demás sabido Rájhman y es algo que me preocupa.
- Que bueno que lo tiene en consideración señor. No olvide también la constante vigilancia a su actual esposa.
- Lo tengo siempre presente, gracias por preocuparte –dijo el rey levantándose y preparándose la capa anunciando su retiro. –Sigue así, de atento como siempre.
- Así será mi señor. –dijo Rájhman poniéndose de pie.
El rey tomó a su caballo que estaba a escasos metros de distancia y se subió a el, envolviendo con su capa gran parte del cuerpo blanco.
-No olvide quitarle la tiara dorada al caballo, mi señor.
El rey que ya estaba montado miró a Rájhman y le guiñó un ojo. Le dedicó una sonrisa y partió veloz. Devolvió de nuevo la mirada pero solo miró el fuego crepitar, a su lado había miles de destellos plateados que había dejado Rájhman al momento de desaparecer de ese lugar.

CAPITULO 3

INICIOS

El ruido de los grillos se escuchaba tranquilamente en el claro del bosque. Jehán se removió entre sus mantas sobre las que dormía y se tocó su cara. De manera inconsciente, varias lágrimas le habían rodado por el rostro y sentía la nariz constipada a causa del llanto y del aire frio. Se envolvió entre la manta que tenia y miró a su caballo varios metros más adelante que dormía tranquilamente. ¿Qué había sido eso? ¿Un sueño demasiado real o una pesadilla?
Se sentó sobre el suelo en el que estaba durmiendo mientras se secaba las lágrimas y observó a su alrededor, al parecer todo estaba en orden; el fuego ya estaba extinto sobre el círculo de piedras, sus cosas estaban donde las dejó cerca de la montura de su caballo, y éste seguía en el mismo sitio donde lo había dejado.
El cielo aun estaba negro salpicado de estrellas, por lo que faltaban varias horas para el amanecer –Fue solo un sueño– se dijo y se acostó de nuevo. Se durmió al instante mientras a lo lejos un tropel de caballos corría a gran velocidad por el bosque entre los gritos y ruidos de sus jinetes.

El graznido de un cuervo fue el motivo por el que Jehán se despertó. Se desperezó tranquilamente por entre las mantas y se dirigió al pequeño arroyuelo que bajaba por entre medio de unas colinas cercanas al claro donde se encontraba el pequeño campamento. Se arrodilló en unas piedras lisas y comenzó a lavarse la cara. El contacto frío con la piel lo despertó al instante mientras las manos se le entumecían por la frialdad del agua; se lavó los brazos y una vez terminado se dirigió a las alforjas del caballo que estaban junto a la montura a un lado de las frazadas donde había dormido y extrajo un pedazo de tela con el que se secó las manos y el rostro. Encendió un fuego en el círculo de piedras con la leña que había recogido la noche anterior y se dispuso a preparar su desayuno. Comió un trozo de carne asada con un pedazo de pan y en un vaso de metal calentó agua en el fuego con el que hizo un té de hierbas y se lo tomó de a poco. El sol acaba de salir por entre la espesura de los árboles y le dio directo en la cara, Jehán lo recibió contento pues los rayos calentaban el rostro aun helado debido al agua. Pasado un momento mientras se calentaba con el sol, recogió las monturas del caballo y lo preparó para salir.
Avanzó lentamente por entre la espesura del bosque hasta que salió al camino que llevaba directo al lago Nibanza. Caminó tranquilamente por un rato mientras trataba de recordar su sueño. ¿Por qué había tenido ese sueño?
Jehán no pudo de dejar de pensar en esos momentos, que aunque no lo recordaba del todo, veía claramente a su primo Vicenzo atravesado por la flecha en la plaza de su aldea y a toda la población masacrada tirada en el suelo. Siguió caminando hasta que llegó al lago Nibanza que estaba con sus aguas cristalinas y mansas, más allá al centro estaba la isla de Nobul. –Tendré que llegar un día a esa isla– se dijo para sí mismo. Sonrió pensando en la cantidad de sorpresas que esa isla le aguardaba y se fue de lado retomando su camino para regresar a su aldea. Un extraño brillo emergió entonces del centro de la isla haciendo un ruido lo bastante audible para que Jehán volteara y se percatara de lo que ahí sucedía. Se quedó mirando la luz que salía de la isla y se escondió cerca de unos arbustos mientras observaba una parvada de águilas negras que huían veloces del espectro de luz de la isla. –Algo no anda bien aquí, – se dijo mientras veía el haz de luz azul intenso que se perdía entre unas nubes. Siguió observando la luz que parecía anormal y un escalofrío le recorrió la espalda: aquello era magia. Una explosión estalló de entre las nubes donde se perdía la irradiación y recorrió en ondas el ancho cielo, haciendo retumbar la tierra y espantando a los animales que había cerca. El caballo de Jehán comenzó a encabritarse mientras éste trataba de calmarlo desesperado; el agua del lago se había agitado haciendo olas que bañaban la pequeña playa con un estrépito suave al no encontrar piedras donde estrellarse y la furia del viento se desató haciendo silbar el follaje de los árboles. Jehán estaba asustado, nunca había presenciado nada semejante ni mucho menos había tenido contacto con la magia, la cual era solo utilizada por los magos. Se le aceleró el corazón aun más al darse cuenta de que en la isla de Nobul había un mago o varios y mientras se cubría la cara a causa del viento trató de amarrar su caballo al tronco del árbol más cercano.
La luz de la isla cesó y por consiguiente la explosión, así como el retumbar de la tierra; el agitar de las aguas del lago y el ventarrón también lo hicieron.
Jehán esperó tranquilo y expectante mientras parecía que todo volvía a la normalidad. No pasó nada más y luego de minutos soltó el caballo.
- Esto ha sido algo muy extraño – pensó Jehán – de seguro ha de tener que ver con magos y esas cosas tan raras.
Comenzó a caminar jalando su caballo para alejarse del lago Nibanza y retornar ya a su casa. La expedición de esa ocasión había sido buena, excepto por la misteriosa luz en la isla, había recolectado pocos objetos durante la travesía y para su fortuna, el clima era fresco tanto en la mañana como en la noche pese a estar finalizando el invierno. No quiso ir cargando mucho porque la distancia de donde se encontraba y la aldea era de más de dos días de camino. Una piedra ovalada con brillos dorados, arena extra fina con cristales de sal y una planta medicinal era lo único que llevaba. Ésta ultima para la cosecha que tenía su tía en la entrada de su casa. La espesura del bosque era pesada y dificultaba el caminar debido a los árboles y arbustos, aun así los ánimos de Jehán por salir al terreno abierto no habían decaído.
El sol se encontraba en lo alto del cielo cuando Jehán pudo salir al camino que conectaba a la aldea con la fortaleza del rey Rambal. Era un único camino poco transitado debido a la lejanía entre ambos poblados, sin embargo en ese momento se encontró con unos viajeros y luego de los saludos que se brindaron se alejaron hacia su destino. Siguió caminando un poco más lento pues ya era hora de la comida y se internó un poco en el bosque alejándose del sendero. Esa tarde Jehán comía tranquilo, el recuerdo de su pesadilla de la noche anterior al parecer no lo había inquietado y por una parte era mejor así, pues cuando esto sucedía generaba en él preocupaciones de más.
La hora de la comida dio paso a la tarde y ésta a la noche. Jehán se encontró ahora en medio del bosque, sin algún lugar que mostrara signos de agua. Entre las alforjas llevaba agua para él pero no para su caballo, por lo que tomó un poco para refrescarse y en un cuenco le dio al caballo que la aceptó de muy buen agrado. Una vez que tomó el animal, le quitó las monturas y lo soltó para que descansara en el prado, por su parte, él se puso a acomodar sus mantas para dormir y una vez preparadas se acostó.

– Eso tienes que dejarlo en su lugar– le decía una mujer al niño mientras este corría con una cuerda en la mano.
– No, yo quiero jugar con él– protestaba el pequeño entre risas.
– Pero entiende Jehán, tu tío Aarón necesita esa cuerda para jalar al caballo.
– Solo quiero jugar con ella un rato, tía.
– Déjalo, mujer – dijo de pronto una voz fuerte­ –de todos modos no la necesitaré hasta mañana. Déjalo jugar.
–Ya ves tía, solo quiero jugar con ella un momento –reprochaba el niño feliz.
– ¿Y a que vas a jugar Jehán? –le preguntó el hombre de voz potente.
– Jugaré a que soy un caballero que se prepara para la guerra y como necesito jalar el caballo, para eso quiero esta soga.
– Ah ya veo. Los caballeros no se entrenan con sogas, pequeño, eso ya lo sabes.
– Sí tío, lo sé. Pero por ahora no puedo jugar con nada más –respondió el pequeño mirando a su tío un poco triste. Éste, al verlo sonrió.
– Ven, acércate –. El niño se acercó a la cerca de madera recién instalada donde se encontraba su tío colocando el último poste de madera. – ¿Qué es lo que te gustaría ser cuando seas un hombre grande y fuerte?
El niño miraba a su tío dudoso de su respuesta; el adulto por su parte esperaba tranquilo mirando al pequeño sonrojarse.
– Me gustaría ser un guerrero –dijo el niño mirando a su tío inseguro de su respuesta. –Estar al servicio de un gran rey y cuidar de la seguridad de mi gente.
– Eso es algo muy digno, además de peligroso –dijo el tío dejando su trabajo de lado. –Sabes que para eso se necesita aprender a manejar la espada y tener fuerza corporal para el combate. ¿Acaso te gusta pelear?
– No por eso tío, pero quisiera defender a aquellos a quienes quiero.
La tía que escuchaba la conversación miró a Jehán mientras recordaba ciertas épocas de su vida y luego miró a su esposo que le regresó la mirada.
– ¿De verdad eso es lo que quieres? –preguntó su tío poniéndose de pié.
– Si tío –respondió Jehán con determinación. –Eso es lo que quiero.
El tío Aarón se metió a la casa y saco dos bastones de madera. Su mujer miraba a Jehán que aun tenía la cuerda entre las manos y le sonrió mientras preparaba una planta de hortensias para sembrarla.
– Entonces es necesario que te vayas entrenando hasta que estés en condiciones de ir a un lugar especial –le dijo el tío mientras le lanzaba un bastón que Jehán alcanzó en el aire con la mano derecha. –Deja esa cuerda en su lugar y te vienes al patio.
Jehán dejó la cuerda en la caballeriza donde guardaban todas las herramientas y salió al patio frente a la casa, afuera de la cerca recién instalada.
– No seas duro con él –le dijo su esposa a Aarón.
– Sólo lo suficiente –respondió él.
– ¿Preparado Jehán? –le preguntó.
– Preparado tío –le respondió sonriente.


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El ambiente era tranquilo y la noche fresca. Dévone estaba en su habitación preparando su cama para dormir cuando escuchó afuera del pasillo la voz potente de Zoltana. Se acercó de puntillas a la puerta de su habitación y pegó el oído, tratando de escuchar mejor.

– ¡Ha sido inútil!
– Señora –le decía una joven con voz temerosa –debe calmarse.
– ¡Ya sé que debo calmarme! ¿Dónde está la reina?
– Ha subido a la alcoba ya con el rey, señora.
– ¡Dile que baje! –Le ordenó –Es urgente hablar con ella, dile que la espero en la sala circular.
La joven criada se alejó rápidamente de con ella y subió varios pisos para hablarle a la reina. Zoltana se fue un piso más abajo a la sala circular y cuando se perdió del pasillo salió Dévone que la siguió a hurtadillas a una habitación contigua a la sala circular.

– ¿Podrías explicarme madre que cosa es tan urgente para hacerme bajar a esta hora?
– Hija no te molestes, pero he intentado dar con la tumba. Tiene protecciones más complejas de lo que creía –le dijo Zoltana aparentemente molesta
– ¿Qué es lo que has hecho? –preguntó la reina acomodándose la malla que traía en el pelo.
– He intentado utilizar uno de los tres mecanismos que poseo para la protección del sepulcro. El resultado ha sido solo un haz de luz en algún lugar desconocido por mí hasta ahora. He tratado de localizar esa ubicación pero solo obtengo agua como resultado.
– ¿Y eso que significa? –preguntó la reina confundida.
– Significa que bien la tumba puede estar bajo el agua o que está en una isla –respondió determinante Zoltana.
– Eso no es de gran ayuda madre –le dijo la reina sin comprender el significado de eso –Las meras suposiciones no sirven. Necesitamos datos reales.
– Lo sé hija, pero piensa. Eso significa que las posibilidades para buscar la tumba se reducen. Tenemos que enfocarnos a buscar en estos sitios de ahora en adelante, en agua o en islas.
– ¿Qué propones? –preguntó la reina acomodándose la capa de noche pues ya estaba casi preparada para dormir cuando salió de su aposento.
­– Mientras no obtenga más información por ahora solo esperar. Es necesario que sepas que solas no podremos hacer todo el trabajo. Necesitamos ayuda.
­– He estado pensando en ello, madre. ¿Alguno de tus hechizos serviría para poner gente a nuestra disposición?
– Quizá sí, tal y como sucedió con Dévone –respondió la madre pensativa. –Sin embargo no sería de mucha ayuda con el pasar del tiempo y menos si tenemos que realizar búsquedas por agua. Además, si hiciera uso de algún hechizo en gran cantidad de personas no podría mantener por tanto tiempo a todos ellos bajo los efectos, pudieran revelarse y sería peor.
­– Entiendo –respondió la reina seria.
– Hija, he pensado que tal vez es tiempo que uses tus dotes de mujer para esta tarea. Al final de cuentas es algo que tú quieres –dijo la madre temerosa de la reacción de su hija.
– ¿A qué te refieres? –preguntó la hija asombrada de la propuesta.
– A Mohamed Kryory.
– ¿Y él que tiene que ver aquí?
– Mohamed está que se muere de amor por ti, querida hija. Nos supondría de gran ayuda su rango para que nos ayude en nuestra misión. El haría cualquier cosa que le pidas.
– ¿Cómo pudiéramos utilizarlo si a pesar de su condición depende de las órdenes de mi esposo?
– De eso me encargaría yo hija. Puedo utilizar algún objeto encantado sobre él y así controlarlo. Mientras posea ese objeto no desatenderá tus peticiones y una vez bajo control pudiera obtener de su misma fuerza la energía que necesito para manejar a todo su equipo. Al final de cuentas solo son once y con el doce. No supondría mucho esfuerzo si utilizo las técnicas adecuadas.
– ¿Realmente crees que él nos sirva de ayuda? –preguntó la reina dudosa
– Por lo que he estado investigando sí.
– Últimamente pasas mucho tiempo investigando madre. ¿Qué intereses tienes? –preguntó la reina a su madre tratando de sorprenderla.
– Ninguno que no sea el ver a mi hija realizada y feliz –respondió con seguridad Zoltana mirándola fijamente.
– Supongo que haces bien. –le dijo cortante la hija.
– Y respecto a las recientes investigaciones la posesión de objetos sagrados pueden facilitarnos la tarea. Por eso he pensado en Mohamed para que nos ayude.
– ¿Qué objetos pudieran ayudarnos? –preguntó la reina
– Primeramente el que tenemos a nuestro alcance –sentenció Zoltana segura de su respuesta –la Flama Eterna.
– Eso supondría un gran riesgo madre. Si Beckarjam se entera de todo esto pudiera costarnos todo lo que llevamos logrado –le dijo la reina a su madre con miedo.
– No te preocupes hija, tengo previsto todo esto, además la Flama Eterna sería un intercambio.
– ¿Un intercambio? –pregunto la soberana extrañada.
– Por supuesto hija –dijo sonriendo la madre –pondríamos en su lugar una réplica exacta de ese objeto. Si lo hago yo a base de magia, nadie podrá dudar de su autenticidad.
– ¿Y si lo prueban?
– Será capaz de realizar sin esfuerzo aquello que le soliciten puesto que poseerá determinada cantidad de energía para que cumpla su acometido, al menos para que no duden de que es la original.
– Por lo visto tienes todo planeado –dijo la reina mirando inquieta a su madre.
– En la medida de lo posible tenemos que ser previsoras, querida –dijo la madre con una amplia sonrisa.
– Entiendo madre. La próxima semana regresa Mohamed de la supervisión general. En ese entonces haré lo que me pides.
– Perfecto, tendré tiempo de preparar el objeto que le darás y de seguir investigando.
– Si no te importa madre, debo regresar a la alcoba real. Mañana nos veremos para desayunar en el jardín del oeste. Vienes por mí a mi habitación para bajar juntas.
– Sí hija. Subiré por ti temprano.
La reina salió de la sala circular dejando a Zoltana ahí, meditando y repasando los planes que realizarían en menos de una semana. Pese a su excelente manejo de la brujería no se dio cuenta que Dévone escuchaba tras una puerta toda la conversación y cuando la reina salió del recinto, Dévone se regreso a su habitación procurando ni siquiera respirar.
Dévone sabía lo oscuras que podían ser las intenciones de sus señoras pero ignoraba a que grado llegaban cuando se proponían conquistar un objetivo. Desconocía completamente el comportamiento de la reina y su madre y no imaginaba las razones por las cuales hacían lo que hacían.Cuando llegó a su habitación, se sentó en su cama y con la mirada al techo no podía imaginar cual sería el destino de Mohamed Kryory. Le conocía bien y sabia quien era. Se quedó pensativa recordando los momentos que había compartido con él y la pena la invadió. Un vago sentimiento de tristeza le vino a su mente y lloró. Al caer por su mejilla, la única lágrima que Dévone derramó le propició un escozor en la piel. Se paró rápidamente de la cama y se miró en el espejo circular de su tocador, ahí donde la lágrima cayó había dejado en la piel un mancha oscura. Se siguió mirando la extraña quemadura en la cara y pasados los minutos la llaga había desaparecido dejando su cutis intacto.

CAPÍTULO 2
REVELACIONES



La tarde de ese día era especialmente agotadora. Por casi el tiempo de una jornada de trabajo aquellos hombres al mando de esa mujer al borde de la histeria y la locura estaban a punto de rendirse. El sol, la tierra y lo seco del suelo no hacían más que colmar la paciencia de los cuatro trabajadores, sin faltar por supuesto el mal humor de la mujer.
- ¡Descansen! –les gritó con voz potente y sumamente enfada.
Los hombres, sin perder el tiempo dejaron los picos y las palas y se alejaron de ella unos cuantos metros. La mujer repasaba una y otra vez los pergaminos que traía y revisaba el terreno. No había error. Ese era el lugar correcto. Los escasos árboles que había en la zona no eran suficientes para generar sombra por lo que la mujer, con su atuendo negro con piedras plateadas sudaba por todo su cuerpo. Caminó por entre la tierra escarbada y molesta por los resultados obtenidos hasta ese momento se alejó a la sombra de una única palmera. O al menos lo poco que daba de sombra. Del cinto que traía a la cintura sacó un tubo de medio brazo de largo y bebió. Se permitió remojar su boca seca con la bebida que contenía el tubo y como por arte de magia se llenó de energía. Se levantó y con voz enérgica ordenó la reanudación de actividades. Los cuatro hombres no tuvieron más remedio que acatar la orden y una vez que hubieron terminado de refrescarse regresaron a seguir con su trabajo.
- Solo escarbaremos la longitud de una pierna más –dijo la mujer repentinamente.
- ¿Y si no encontramos lo que buscamos? – Preguntó uno de los hombres.
- Ya me encargaré yo de hablar con la reina –respondió resueltamente la mujer.
La pequeña excavación siguió alrededor de dos horas más. El sol ya había bajado casi a la línea del horizonte por lo que se podía ver los no me olvides entre rosas y rojos matizados por el color amarillo de la luz solar. El resultado de aquella obra fue negativo, así como lo habían sido las seis anteriores excavaciones. La mujer no dijo nada luego de que dio la orden de parar. Examinó el terreno excavado y el aledaño al pozo de casi dos metros y medio de profundidad y resopló. Tampoco estaba ahí. Chasqueó los dedos indicando que recogieran las cosas y luego de vaciar la tierra al pozo, recogieron lo poco que habían llevado para trabajar así como sus cosas personales y se dirigieron al campamento que estaba situado bajo la pequeña mancha arbolada de la zona. Uno de los hombres que se encontraba ahí ya tenía todo recogido además de tener los caballos ensillados por lo que no hicieron más que montar y se alejaron a todo galope.
- Así que de nuevo han fallado –dijo Rájhman sosteniendo su sable dorado aun enfundado mientras sonreía silenciosamente y veía al grupo alejarse de la zona.
La primera luna llena del año salía por entre las escasas nubes lejanas que se veían entre las montañas y cuando Rájhman la avistó completamente bastó solo con mencionar unas cuantas palabras para que también él desapareciera dejando en su lugar unos pequeños destellos verdes esmeraldas que brillaban como cristales por la potente luz de la luna.

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- ¡Qué estás diciendo Dévone! Es la séptima vez que fracasan esto es intolerable.
- Lo sé su majestad –respondió Dévone mientras estaba haciendo reverencia a la reina a medio hincar.
- ¡Y me lo dices de esa manera! ¿Crees tú que yo dispongo de todo el tiempo del mundo?
- Yo sé que no, su majestad, pero de alguna u otra manera la información proviene de su madre, no sé por qué fallamos si es de entera confianza –dijo eso último con la intención de reparar el atrevimiento.
- Dévone –dijo la reina entre calmada y amenazante –mi madre es de entera confianza, por ella estamos enviándote a realizar esa misión. Que no se te olvide que gracias a ella vives, procura ser prudente con lo que dices de lo contrario…
- Lo siento mucho majestad, no quiero causar problemas –respondió Dévone con la mirada llena de odio que muy prudentemente dirigió al piso.
- En ese caso retírate, por ahora no podemos hacer nada más. Trataré de darte una nueva misión para la próxima semana, cuando la luna llena esté menguando. ¿Los siguió alguien?
- No su majestad. El perímetro fue asegurado con el talismán por lo que no hubo manera que los aldeanos nos vieran.
- ¿Cerraron la excavación de nuevo? –volvió a preguntar la reina.
- Si su majestad.
- Quédate con el talismán –ordenó la reina –ya sabes cómo utilizarlo en la próxima misión. Retírate.

Dévone, la mujer que dirigía las excavaciones desde hacia más de cuatro lunas se levantó, hizo una inclinación a la reina para despedirse y salió de la sala circular, reteniendo su coraje en los puños fuertemente apretados.
La reina la miró salir aparentemente tranquila, pero sabía de sobra la rabia que le daba a Dévone el recordar el motivo por el cual vivía por lo que usaba ese ligero chantaje para enviarla al lugar que fuera necesario. Era al final de cuentas un súbdito.
Cuando Dévone salió, la reina se levantó de su asiento en el que se encontraba y movió el tapete que se encontraba a sus espaldas y que estaba colgado en la pared. El tapete era grande, de tamaño poco común a lo fabricado por los artesanos y se encontraba puesto en un marco de madera, simulando una puerta, por lo que al moverla de derecha a izquierda dejaba al descubierto un retrato familiar. Contenía a una pareja, ambos reyes finamente vestidos y sentados en el trono principal, al pie de ellos en los escalones que subían al estrado estaba el príncipe que era apenas un niño de cinco años.
- Te has convertido en una pesadilla –dijo la reina mientras miraba al cuadro.
- ¿Sucede algo querida hija? –le dijo una mujer que entraba a la sala.
- No madre –respondió la reina sin dejar de mirar el cuadro –es solo que por séptima ocasión consecutiva la información que nos proporcionas es errónea.
La reina se volteó de frente a su madre dejando el cuadro abierto.
- Quisiera preguntarte, madre ¿por qué si eres tan hábil usando la magia no puedes encontrar la tumba de esa mujer?
La madre miró tranquila a su hija y luego miró al cuadro a sus espaldas. No se inquietó por la pregunta tan espontánea de la reina mucho menos se inmutó al escuchar la incredibilidad de su hija respecto a la magia. Respiró.
- Esa tumba que tanto deseas encontrar está protegida. Eso siempre lo has sabido desde hace más de diez años que fue cuando te casaste con el rey –respondió la madre sin dudar.
- Sí, desde entonces he venido oyendo esa historia que está protegida –resopló la reina enfadada.
- No veo entonces cual es la prisa por encontrarla si ahí no habrá más que polvo.
- De sobra sabes mis intereses madre. No tiene caso que te los diga ahora.
- El deseo de venganza que tienes aún luego de tanto tiempo no cesa –dijo la madre mirando a su hija fijamente –no quiero imaginar que sucedería si el rey supiera de tus actos.
- El rey es alguien que me tiene sin cuidado, madre. No puedo quitarlo de mi camino ahora porque sabes que es indispensable para lograr mis propósitos.
- Eso lo sé de antemano.
- Entonces no hagas preguntas cuando ya conoces la respuesta.
- Cuida tu tono de voz conmigo. Serás muy la reina pero aun eres mi hija y esa corona que portas no te da el derecho de faltarme al respeto. Te lo advierto.
- ¡Estoy harta, madre! ¡Harta de tu falsa información! ¡Harta de la espera! ¡Harta de no saber qué puede pasar mañana si no me apuro con lo que quiero obtener!
- Tendrás que ser paciente como lo has sido hija. Al menos por un tiempo más mientras confirmo lo que sospecho.
- ¿A qué te refieres? –preguntó la reina cambiando la voz.
- Creo haber descubierto algo nuevo respecto a esa tumba –dijo la madre sonriendo.
- ¿Qué es? Dime madre te lo suplico –rogó la reina.
- Existe una persona que conoce la ubicación de esa tumba y…
- ¿Quién es? ¿Dónde está? ¡Dímelo madre! –interrumpió la reina exaltada.
- Son detalles que aun no conozco hija. Tendrá que pasar un tiempo para saber quien es esa persona y donde podemos encontrarla.
- ¿Cómo es que sabes eso?
- Se te olvida que tengo la magia a mi disposición ¿verdad? –rió la madre tranquila. –Hija mía bastará con decirte que las muertes que he provocado no han sido en vano. De entre todos esos accidentes hubo tres muy importantes. De ellos extraje información que poseían en sus libros secretos. La tumba de la antigua reina fue catalogada como secreto del reinado y para ser protegida fue necesaria la participación de cinco personas. Dos de ella fueron compañeras mías en la Academia de Magia, el otro era un funcionario importante de la misma academia, los tres sabían manejar la magia, sin embargo fueron débiles y mi superioridad y conocimientos hicieron posible que saliera victoriosa –la mujer miraba a la nada mientras decía aquellas palabras desconocidas hasta ese entonces por su hija. El placer que le daba el revelar esa información era inmenso, tal y como lo esperaba. La reina por su parte estaba atenta, atónita ante el comportamiento extraño y repentino de su madre, ésta continuó. – Tres personas de las cinco que se necesitaron ya están muertas y yo poseo los mecanismos para encontrar la tumba, al menos los mecanismos que ellos pusieron en la defensa por mantenerla oculta. Otra persona es el rey mismo, tu esposo. De ti depende la manera sobre cómo encontrar el sepulcro y si tanto te interesa tienes que actuar de manera rápida. La última persona que participó en este acto de protección está desaparecida y una vez que sea sometida a nuestro favor la tumba se revelará para todo el mundo. Necesito solamente un tiempo para descifrar un fragmento de los libros secretos y cuando eso suceda, lo que tanto anhelas, hija mía, te será revelado.
La reina no salía del asombro y miedo que le provocaba su madre. Sin embargo estaba convencida que era la verdad pues nunca antes había visto hablar a su madre así respecto a ese tema. Si tanto añoraba encontrar aquel tesoro guardado en la tumba tendría que ser fuerte de carácter para con su esposo y lograr así su cometido.
Lo que la madre de la reina no sabía era que, aunque conociera los elementos de protección que figuraban sobre aquel altar de muerte una de sus tres supuestas víctimas estaba viva.
Por su parte lo que la reina no sabía era que su madre también ansiaba aquel artefacto escondido entre la tumba de la antigua reina y con el recobraría todo lo que una vez le fue arrebatado.


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- De modo que es la sexta vez que fracasan –dijo el más viejo de los hombres.
- Séptima –corrigió el más joven –y si, han fracasado de nuevo.
- Debemos tener cuidado entonces.
- Eso siempre, esa mujer no escatimará en costos por alcanzar su objetivo. Eso incluye vidas.
- Lo sé, Rájhman –resopló el más viejo mirando a la luna. -¿Tienes alguna novedad?
- No por ahora, salvo que la excursión duró más de lo planeado.
- ¿Lo has vigilado de cerca? –volvió a preguntar el hombre.
- Todo el tiempo –respondió Rájhman.
- Sigue así.

La pequeña fogata ardía vivamente mientras despedía chispas que se elevaban al cielo cada vez que Rájhman atizaba las ramas secas ardiendo. Los dos hombres se quedaron en silencio mientras el aire se mecía suavemente y hacia silbar las hojas de los árboles. La noche apuntaba a ser larga y fresca por lo que los hombres se despidieron; el más viejo de ellos, envuelto en una capa de viaje subió a su caballo completamente blanco y se fue del claro donde se encontraba con Rájhman; éste, una vez que su amigo se fue de con él, silbó ligeramente y la fogata se apagó al instante y de nueva cuenta bastó con recitar unas cuantas palabras para que desapareciera en la nada, esta vez dejando polvos brillantes color rojo carmesí que brillaban con los restos de la fogata extinta.

Soy el nuevo pionero del mundo.

Veo hacia adelante, nunca hacia atrás. No esperaré con los brazos cruzados a que los tiempos mejoren. Yo trabajaré para mejorarlos porque este mundo no se construyó vistiendo traje.

Todo lo que necesito, lo tengo.
Las heridas sanan, el sudor es bueno y la apatía es la muerte.

¡Por eso construyo mi mundo!

Un mejor mundo, nuevo y poderoso. El que forjaré a mi gusto, porque después de la tormenta viene la calma. Llegará un mañana mejor.

Mira mas allá de las praderas y las montañas y ve la promesa eterna del nuevo mundo. La promesa del progreso avanza conmigo. No te detengas.
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CAPÍTULO 1


DESTRUCCIÓN

El sol de aquella abrasadora tarde estaba poniéndose al oeste de la aldea Zsam-jara, los pobladores regresaban de sus labores en el campo, unos; otros regresaban del gran río Tamaria, con sus barcas y sus redes con pescados del día; unos mas arriaban a sus ganados, tanto vacas como ovejas; los demás estaban en sus casas, atendiendo las herrerías, los mercados, los molinos, en fin, una cantidad de labores que existían pese a ser un lugar relativamente pequeño, pero que aun así, contaba con lo suficiente para poder vivir, desarrollarse y crecer, alejados de lo que supuestamente era su reino.
La aldea Zsam-jara pertenecía al reino Rambal, gobernada por su rey Beckarjam Rambal y su segunda esposa, la Reina Aixa. La aldea se encontraba un tanto alejada de lo que sería el centro poblacional del reino, sin embargo, esto les había permitido mantener una estable vida, tranquila, pacífica y sin graves problemas. Aun así, la gente se complicaba día tras día su vida con problemas que resultaban ser burdos y tontos y que en la medida de lo posible se resolvían con una simple charla o unos cuantos puñetazos. Por su misma lejanía del palacio Rambal, las leyes que regían el orden público o el comportamiento como sociedad estaban desgastados, pues nadie hacía que se cumpliera el requisito de la ley y por la ausencia de soldados o de emisarios del rey, las personas en incontables ocasiones ejecutaban su propia ley. El pueblo no era rebelde, sino desorganizado. Cada quien tenía su propia ley y eso les hacía marcar su territorio y su “gobierno”, pero eso iba solo en ocasiones, porque a pesar de su desorganización, eran solidarios y siempre que el rey los convocara para algún asunto, siempre estaban ahí, del mismo modo en que cuando necesitaban en raras ocasiones de la ayuda del rey, ellos acudían a el y él estaba ahí para ellos.
Esa misma tarde, el pueblo se reunía en la plaza central. Agradecían al Todopoderoso los beneficios obtenidos durante los primeros seis meses del año y hacían ofrendas para que el temporal de lluvia y los siguientes seis meses fueran excelentes. Y ahí estaban, momentos mas tarde toda la población reunida.
Una gran plaza se alzaba a lo que era el centro de la población, con cuatro árboles gigantes en cada una de las esquinas del lugar. Al centro de esta había una fogata que ardía vivamente y alrededor de ella, decenas de danzantes bailaban, iban vestidos con muy pocas prendas de piel y adornados con joyas en el cuello y brazos, además de unos penachos tan grandes casi como el que portaba cada uno de los miembros de la danza. A un lado de los danzantes, estaba el grupo, compuesto en su mayoría por mujeres, que tocaban desde tambores y cítaras, hasta extraños potbordús diseñados con cientos de colores alrededor. El baile era tan rítmico, que hasta el resto de la población que se encontraba en el lado opuesto al grupo de músicos, bailaba y seguía su ritmo con las personas que estaban al lado.
Y así comenzaba lo que era El Festival del Agradecimiento.
El Festival del Agradecimiento era una tradición muy peculiar del pueblo, pues solo se hacia dos veces al año, y en cada una de estas veces, la participación de las personas era notable y asombrosa. Parecía que era para lo único que podían ponerse de acuerdo y organizarse, pues en el evento se encontraba de todo: ofrendas hechas con los frutos obtenidos durante las cosechas; grandes canastos llenos de pan que los panaderos otorgaban como regalo y señal de su agradecimiento; cantidades inimaginables de comidas hechas por las mujeres del lugar, que incluían desde asado de res y cordero, hasta pollos, pavos o pescados, todos creados de distintas maneras y que despedían olores exquisitos, que llegaban al olfato de los niños que jugaban mas allá de donde los danzantes y corrían con sus madres a pedirles algún guiso; mesas de juego donde los jóvenes se entretenían con recipientes de madera y trataban de encajar una punta afilada en el centro; y para los mas adultos, los ancianos del pueblo, había zonas especiales donde podían observar claramente el festival, pues se les otorgaba un lugar importante ya que luego de concluido el ritual de la danza, les tocaba el turno de contar y transmitir como se fue formando la aldea de Zsam-jara y los cambios importantes que había tenido a lo largo de su creación.
Era en este momento donde hacían su participación, pues el rito de la danza había concluido. Todos los habitantes dejaban sus asuntos y se reunían cerca de los ancianos, cuidando de no acercarse mucho al fuego, que aun estaba muy fuerte.
Y se puso de pie entonces el más anciano, todo el pueblo callado, miraba expectante al anciano, esperando a que dijera las palabras con las cuales iniciaría el legado de la formación de un pueblo. El anciano, con ropas altamente confeccionadas para la ocasión, un bastón de madera blanca en la mano izquierda y un penacho con piedras preciosas, levantó la mano libre para calmar a la multitud y miró al cielo. No pudo comenzar a hablar…



Dos horas de cabalgata llevaba Jehán cuando por fin divisó la aldea, tranquila y apacible. El aire fresco de la tarde y algunas nubes negras incitaban a que fuera más de prisa, pues parecía que esa tarde sería la primera del temporal de lluvias.
Jehán era un joven de veintitrés años, huérfano de padre y madre. Vivía en casa de sus próximos parientes, una hermana de su madre, la cual lo recogió a los cuatro años cuando los padres del muchacho murieron debido a una extraña enfermedad desconocida. Tranquilo, noble y sensible, Jehán creció rodeado de grandes personas que le brindaron cuanto pudieron; y ahora, diecinueve años después, él les regresaba de cualquier manera posible todo el apoyo y el cariño que le dieron cuando lo necesitó y mas aun ahora que entendía las circunstancias por las que había pasado.
Dedicado a ningún oficio en particular, pues hacía cuanto le pedían y explorador de zonas agrestes y desconocidas por pasatiempo, Jehán era un joven apuesto, moreno, de cabellos lacios mal cortados, ancha espalda y abdomen liso, cuerpo bien desarrollado dado las labores rudas a las cuales estaba acostumbrado, piernas y brazos fuertes que le merecieron haber sido enseñado el arte de la espada desde que era pequeño, y que le trajo como consecuencia un pequeño pero notable rasguño en la parte derecha del cuello. Sus pequeños ojos negros, herencia de su padre eran el mayor rasgo característico en conjunto con sus cejas finamente delineadas y pobladas también negras.
Esa tarde, Jehán regresaba de una expedición fructífera, que había durado más de cinco días, algo inusualmente largo, pues lo máximo que había realizado era tres días fuera de la aldea; pero esta excursión le había traído el conocer unos terrenos particularmente hermosos y tranquilos, donde el sol brillaba en el reflejo del rio Tamaria, algunos kilómetros mas abajo de donde se encontraba la aldea. Habiendo llegado a su destino, el lago Nibanza, acampó por un día ahí y siguió su camino aun mas abajo, pudo observar como el terreno cambiaba, pasando del bosque a la selva amazónica; la vegetación por lo tanto era diferente y los animales lo eran también. Cargando con él algunos ejemplares de plantas de ornato y algunas pieles de animales que había cazado, Jehán se aproximó al poblado recordando la experiencia del paseo.
Removió entre las alforjas del caballo los paquetes que traía con algunos artículos de colección: piedras con brillos extraños, trozos de madera con figuras desconocidas, una piedra fosilizada con un pequeño escarabajo y una flecha roja con insignias a lo largo del astil, eso fue lo que mas le llamó la atención, pues pocas veces había visto flechas talladas de esa manera.
Fuegos artificiales por encima de la aldea sorprendieron a Jehán que estaba por llegar a la aldea y apresuró el paso. Esa era la señal de que la intervención de los ancianos había terminado y por lo tanto seguía la hora de la cena, los bailes y los cánticos tan esperados por la población. Avistó a corta distancia la primera casa del poblado, llegando por la entrada principal que estaba cubierta con una empalizada y una media muralla de ladrillos mal construida y desgastada con el paso del tiempo. Se acercó más al interior de la aldea y siguió avanzando, su casa se encontraba algunas viviendas más al este de la entrada y por fin divisó su casa. Un hogar cuidadosamente construido con bloques de barro y techo de paja, una entrada en arco con puerta de madera desvencijada daban la bienvenida. Descabalgó y amarró su caballo a un aro que se encontraba en la fina cerca de madera, le quito las monturas y se las llevó consigo; atravesó el pequeño patio lleno de plantas medicinales que su tía cultivaba y entró. La casa vacía y con un olor a especias era la muestra que su familia estaba en el Festival del Agradecimiento y que además habían guisado su platillo favorito: cabrito adobado. Y era así. Descargó las monturas detrás de la puerta, se asomó a la parte trasera de la casa por una ventana circular y miró al corral; solo había seis de las siete cabras que había dejado cuando se fue de excursión, dos vacas gordas que había también en el corral lo miraron mientras majaban tranquilamente su pastura y el caballo que estaba metros mas retirado, estaba echado dormitando. Jehán sonrió al mirar su casa tan tranquila, con el fogón de la pequeña cocina casi extinto y se dirigió a su cama. Era una sensación reconfortante volver.
Se acostó en su cama, miro al techo e instintivamente se levantó. Tenía que asistir al Festival del Agradecimiento al igual que el resto de su familia. Observó detenidamente su casa y pudo notar que tanto su tía, su tío y sus dos primos, se habían puesto ropa de gala para la ocasión. Por lo que buscó en un cajón de madera al lado de su cama sus ropas: un pantalón semibombacho blanco, un chaleco negro con hilos plateados y su camisa de seda también blanca. Buscó también al lado de su cama los zapatos blancos de piel de oso comprados hacia mas de tres años a un mercader extravagante en las afueras del poblado, el cual le había asegurado que jamás se gastarían y que se conservarían intactos con el paso del tiempo, misteriosamente era así, aunque Jehán le atribuía ese hecho a que solo los utilizaba dos veces al año, una en cada Festival. Se aseó de manera rápida en un baño puesto al lado de la cocina, por la parte trasera de la casa y se arregló para salir, se untó loción de lavanda, regalo de su tía en su anterior cumpleaños, se cargó a la espalda su sable guardado en su funda y salió de la casa. Miró al caballo aun afuera del patio, amarrado en el aro de metal y lo dirigió al corral junto con el otro caballo, hecho el depósito se dirigió a la plaza central que distaba de algunos doscientos metros. Caminaba seguro y feliz y al andar miraba a las casas solas: la celebración era grande. Siguió avanzando por la calle empedrada a medias y llena de tierra y dobló a la derecha luego de una casa con un jardín enorme de rosales rojos. Algunos metros mas allá divisaba uno de los cuatro arboles de la plaza, pero algo ocurría. No se escuchaban ni los tambores, ni la algarabía de la gente por la fiesta, mucho menos el gritar de los niños al correr de un lado a otro. Corrió hasta llegar a la plaza y se quedó petrificado.
Centenas de personas en el suelo invadían la plaza con sangre corriendo por sus cuerpos y por sus ropajes, no había un solo ser que estuviera vivo, y el que iba levantándose cerca del fuego, un joven de mediana edad, fue rematado con una flecha que atravesó certeramente el pecho matándolo al instante.
Jehán quiso correr en auxilio de lo que veía, pero una fuerza poco común le inmovilizaba las piernas. Siguió de pie, quieto. Un mar de emociones se volcó en su mente al tratar de localizar desesperadamente a su familia. Un nudo en la garganta brotó de manera instantánea y lágrimas llenas de dolor cayeron de su cara. ¿Qué había ocurrido? Volvió la cabeza de manera rápida para tratar de descubrir de donde venia aquella flecha. No vislumbró nada. Pudo moverse para esconderse detrás de unos arbustos y justo en ese momento una cabalgata de diez hombres vestidos de negro, con largas capas y una insignia roja en la espalda revisaban el lugar. Verificaron que no hubiera ningún sobreviviente y un cuerno sonó indicando la retirada. Jehán se levantó de los arbustos y se fue aproximando a la plaza, precavido. Miraba a ambos lados para cerciorarse que no había aun esos jinetes, mientras estos salían de la escena en el lugar opuesto a donde estaba Jehán. Aun con precaución, se fue acercando más y más a la plaza y pudo mirar detenidamente el paisaje lleno de dolor. Los ancianos uno a uno fueron arrastrados a una zona especial y mutilados de distintas partes de su cuerpo hasta la muerte. Todos ensangrentados y mostrando signos de terror y desesperación en sus caras. Las mujeres también asesinadas con flechas y espadas mostraban el dolor en su rostro por el vano intento de proteger a sus hijos que igualmente fueron exterminados. Jehán reparó en que había muy pocos hombres, la mayoría de ellos de edad madura, faltaban los jóvenes. ¿Dónde estaban todos los demás?
Caminaba entre la mortandad buscando a su familia, pero era inútil, no veía rastro de ellos.
Se hincó cerca del cuerpo del joven que vio como fue rematado y para su pesar descubrió a su primo Vicenzo. Lloró callado al posar su cara sobre el estómago sangrado de su primo y así se quedó.
Pero no pudo quedarse mucho.
Una daga explosiva pasó zumbando por arriba de su espalda y atravesó el fuego, al hacerlo, ésta explotó y arrojó a Jehán metros de distancia del cuerpo de su primo. Un último jinete negro corría a caballo a toda velocidad hacia él, espada en mano. Jehán no pudo pensar, se levantó rápidamente y comenzó a correr entre el caserío. Lloraba aún pero el miedo de lo desconocido lo asaltaba y mas aun cuando sabía que peligraba su vida. Desesperado, limpiaba al correr su cara pues las lágrimas le nublaban la vista, mientras volteaba hacia atrás para ver a su cazador. Lo miró aun a galope mientras preparaba el arco con flechas. Jehán siguió su carrera saltando cuanto se le ponía enfrente, era el momento de hacer uso de lo aprendido en experiencias de sus excursiones. Saltaba paredes desesperado y llegó a una casa donde se ocultó. Tras la ventana cerrada por una tela semitransparente observaba al caballero que trataba de localizarlo en los alrededores. Sudando y con el corazón agitado, se tomó el abdomen lastimado a causa del golpe provocado por la explosión y respiro profundo. Cuestiones le venían a la cabeza, ¿Quiénes eran esos guerreros negros? ¿Por qué habían masacrado a toda una población? ¿Dónde estaban la mayoría de los hombres jóvenes de la aldea?
El recuerdo de su tía se hizo presente de nuevo y lloró. Olvidó toda precaución y fue descubierto pues una flecha rasgó la tela de la ventana y se clavó en la pared. Salió Jehán nuevamente en estampida mientras el caballero lo seguía y esta vez corrió en dirección al bosque. El aire se cortaba con el zumbido de las flechas, ninguna de las cuales atinó al blanco y pronto la aljaba del caballero se vació. Solo le quedaba la espada. Jehán continuó corriendo y se internó en el bosque que tenia el terreno agreste, lleno de arbustos y zarzales de moras que al correr por ellas manchaban el pantalón blanco que había perdido lo inmaculado del color.
Jehán prosiguió su travesía por el bosque que ahora le parecía desolado e infeliz y se internó en las profundidades. El caballero por su parte disminuyó su marcha y de su cintura sacó un potbordú, que hizo sonar tres veces en ocasiones distantes. Jehán lo escuchó y sin ganas pero determinado a salvar su vida corrió con fuerza renovada y siguió adentrándose en el bosque hasta que llegó al río Tamaria. El camino que había tomado lo conduciría al único puente colgante de la aldea que se encontraba a escasa una hora del pueblo y que unía a la aldea Zsam-jara con la Montaña Sagrada del Fuego. Ése sería su refugio. Pudo llegar al puente y lo cruzó, llegó a la Montaña Sagrada del Fuego y miró el tabernáculo labrado en la pared de ésta y para su pesar descubrió que la flama eterna había sido removida de su lugar.
Se postró de rodillas frente al altar, miró al cielo que mostraba las estrellas brillantes debido a la falta de luna y así se quedó, mirando al infinito espacio. Una ola de recuerdos le vino a la mente de nuevo y esta vez, sin temor lloró. Un grito ensordecedor, que fue amortiguado por el caudal del río Tamaria desgarró la noche mientras en Jehán una pregunta volaba por su mente: ¿Qué ha sucedido?

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27 años de edad Pasante en LAET Signo Zodiacal: Cáncer Actividad física: Gym Residencia: Guadalajara Estado civil. Soltero Pasatiempo: Leer y escribir, música.

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