6. REALIDAD
La mañana era por demás fresca. Jehán se había levantado y puesto en marcha para explorar la isla de Nobul. Aun estaba del otro lado del lago por lo que tendría que analizar cómo llegar al otro extremo. Siguió merodeando por la costa esperando encontrar algo con que cruzar. Y lo encontró.El pequeño muelle destartalado tenía una única barcaza con capacidad para cuatro pasajeros, máximo. Había dos remos puestos en su lugar. Amarró al caballo entre los árboles cercanos al muelle para no tener que buscarlo a su regreso. Llevaba su sable enfundado a la espalda y las mantas con su ropa hechas un bulto, las lanzó a la embarcación con fuerza y se subió a ella.
Le costó trabajo sincronizar el remo porque no estaba acostumbrado a ello y cuando lo logró avanzó deprisa por el lago.
Disfrutando de la experiencia observaba para todos lados. Le sorprendió la claridad del cielo y lo cristalinas de las aguas en ese sitio. Era completamente distinto a como las veía desde tierra firme.
Siguió remando con fuerza mientras disfrutaba el paisaje. El verde de los árboles, lo brillante del sol, la tranquilidad del ambiente, el olor del lago. Todo era exquisito.
Llegó a la isla de Nobul luego de casi una hora de remar y desembarcó en el muelle, más incompleto que el anterior. Había una embarcación. Tomó sus cosas y se fue con cuidado, mirando para todos lados. Caminó por la orilla de la isla durante un rato y luego de comenzar a adentrarse por la zona vio una humareda.
- Este lugar no está solo –pensó.
Siguió avanzando por el terreno lleno de hierbas y de maleza e instintivamente desenfundó el sable con la mano izquierda. Caminó en dirección hacia donde veía el humo y notó que aun estaba retirado del sitio. Se fue rodeando los herbajes y salió a un transitable camino.
- Si sigo esta línea es posible que alguien me vea –dijo en voz alta para sí –seguiré caminando oculto entre el pasto.
Se internó aun más por el otro lado del camino y continuó avanzando. El humo era cada vez más próximo. Rodeó una pequeña colina y entonces apareció.
Un pequeño templo de piedra estaba al frente a considerable distancia de con él. Había seis pilares de piedra en semicírculo y al frente de ellos estaba un altar, también en piedra. Una pequeña caída de agua estaba atrás del escenario y una mancha oscura rodeaba el piso justo delante del altar.
Un grupo de cuatro hombres y una mujer estaban instalándose a metros de la caída de agua y una fogata ardía en el campamento donde estaba otro hombre. Las tiendas que eran tres estaban casi instaladas y la mujer rondaba por la zona, inspeccionando el terreno mientras se tocaba el pecho.
- Esto es extraño, tendré que ir con cuidado si no quiero ser descubierto –se dijo Jehán.
Observó de nuevo el terreno y reparó en unas colinas más altas que donde estaba. –Si puedo llegar a ellas será mucho más fácil el vigilar lo que hacen –pensó.
Y no se tardó. Dio vuelta por donde había llegado y se apresuró a llegar a las colinas. La distancia era larga y tendría que ser precavido por lo que caminó despacio mientras exploraba el terreno. Disponía de tiempo hasta en la tarde antes que el sol se pusiera para llegar a su objetivo.
Se guardó el sable de nuevo y salió a camino abierto, pasó por donde estaba el muelle y vio las barcas. –Será mejor que te esconda –dijo mientras veía la suya. Caminó hasta el muelle y entró al agua, depositó sus cosas en la barca y caminó por la orilla jalando su bote que tenía la cabeza de un cisne de madera tallada y colocada en la punta del frente.
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La fortaleza Rambal estaba por demás silenciosa. Caía la noche y varios hombres, sirvientes del castillo, instalaban antorchas en los jardines y sobre el camino principal antes que la noche llegara. Desde una habitación el rey miraba preocupado las labores de sus empleados. Se recargó sobre el ventanal esperando a que las antorchas estuvieran listas en las afueras y cuando ya estaban encendidas se alejó de ese lugar. Tomó a la salida una gran capa negra de viaje con destellos brillantes negros en las puntas y se la colocó con fuerza en los hombros con solo una sacudida. Se regresó a la habitación y de un estante sacó una delgada tiara dorada con una amatista al centro. Se acercó a la ventana, la lanzó con fuerza al jardín y escuchó el sonido del metal zumbar por el aire mientras la gema creaba un círculo rojo que giraba velozmente. Vio la joya volar y no se detuvo a ver donde caía. Salió rápidamente del castillo por una serie de pasadizos ocultos que sólo él conocía y llegó al jardín. Miraba para todos lados, cuidándose de no ser seguido y al instante se perdió entre su capa negra. Caminó con prisa por el patio verde y húmedo por el rocío y lo encontró. Su caballo blanco inmaculado estaba en un claro al salir de los jardines del palacio y oculto entre la arboleda que comenzaba a crecer.
- Con que aquí estás hoy ¿eh? –le dijo al caballo mientras este relinchaba cuando vio a su amo llegar. –Sí, sí, lo siento. No pude liberarte antes.
El caballo que estaba sin monturas corrió alegre ante el rey y con su frente le tocó el pecho. Del hocico dejó caer la tiara que minutos antes el rey había tirado. El rey la levantó sonriente y le acarició las crines. – ¡Qué sería de mi si no te tuviera! –. El caballo piafó suavemente y se quedó quieto mientras el monarca le ponía la tiara en la frente y se la abrochaba por las crines detrás de las orejas. Acto seguido las monturas confeccionadas con tela blanca y adornos plateados aparecieron acomodadas en el animal. – ¡Siempre tan detallista, Rájhman!
Se montó de un brinco y sin esperar una orden, el caballo que no traía riendas corrió veloz por entre el bosque perdiéndose al poco tiempo entre la gran capa de viaje del rey.
Horas más tarde, en la cima de una enorme barranca estaba Rájhman. Su vestimenta de esa noche era completamente verde esmeralda, un turbante y sandalias negras le acompañaban, además de un sable y funda dorados. No hizo falta que encendiera fuego esta vez ya que la luna iluminaba a la perfección el espacio donde se encontraría con el rey. El río Tamaria se precipitaba al fondo de la barranca y seguía su curso varios kilómetros más abajo. El viento hizo ondear la capa verde de Rájhman al mismo tiempo que hacia silbar las hojas de los árboles.
– Al fin llega, majestad.
El viento soplaba más fuerte y de la nada una larga capa negra con destellos brillantes también en negro comenzó a materializarse varios metros al frente del mago. Un caballo relinchó entre el sonido del viento y los árboles y se posó suavemente sobre el suelo sobre sus patas traseras. Instantáneamente, el viento cesó.
– Mis saludos, mi respeto y mi lealtad para usted mi señor –saludó Rájhman inclinándose.
– Mis saludos, mi respeto y mi alta estima para ti, Rájhman –contestó el rey al tiempo que desmontaba del caballo.
– ¿Cómo se ha portado esta vez Tormenta? –preguntó el mago, componiéndose.
– Cada vez soporta menos el encierro –respondió el rey acariciando al animal.
– Es de esperarse.
– Supongo que sí.
El caballo se alejó de ellos trotando despacio. El rey miraba la barranca y el río plateado al fondo.
– ¿De modo que está hecho? –preguntó el rey.
– Así es, mi señor. El jefe de la Élite de los Caballeros Negros ha sucumbido.
– Ya sabíamos que esto pasaría, Rájhman. En especial tú.
– Lo sé mi señor. Es sólo que me siento impotente ante todo lo que se acerca. De ser por mí…
– De ser por ti se que lo hubieras impedido desde hace tiempo –interrumpió el rey.
– Así es mi señor –confirmó el mago.
– Sabes mejor que nadie toda esta treta de mi esposa, Rájhman. Sabes también que si actuamos desesperadamente todos los recursos con los que disponemos serán insuficientes.
– De sobra se todo esto, mi señor. Es sólo que el dolor que se acerca para aquellos inocentes y que nada tienen que ver en esta situación me encoleriza.
– La ambición va de la mano con la maldad –dijo el rey pensativo. –No podemos combatir estos males si no es con prudencia, con fuerza y con inteligencia.
– Es por eso que he permanecido oculto para todos ¿verdad, mi señor?
El rey sonrió.
– En efecto, Rájhman. Pero no es esa la única razón por la que te mantienes oculto. Aun no sanas del todo y una recaída en estos momentos sería demasiado desastrosa, en especial para aquellos a quienes intentas ayudar. Por otro lado, para quienes eres un enemigo mortal serías una presa fácil de cazar. Pese a tu fuerza y tu poder sigues débil.
Rájhman aceptó el cumplido en silencio.
– ¿Pudiste ir a Bislacia? –preguntó el rey.
– Sí, mi señor. Tanto Bislacia como Lazdac están con nosotros. Han puesto a su servicio al Escuadrón de Las Bengalas para luchar si es necesario. También han reforzado la cámara donde se guarda “La Corona del Halcón”. Están temerosos de que pase lo mismo que con la Flama Eterna. La emperatriz de Bislacia ha duplicado las protecciones.
– Hace bien. No sabemos que pudiera ocurrir más adelante ¿o sí?
– No, mi señor. Hay cosas que no he querido averiguar y no lo haré a menos que se trate de algo extremadamente necesario y urgente.
– Parece que ya aprendiste la lección.
El mago rió a carcajada suelta seguido por el rey.
– Cuando regresé de Lazdac me dirigí a Zsam-jara. Tuve que actuar de incógnito entre la población. Aun así no fue suficiente pero el sello de Rambal fue puesto en la mayoría de los jóvenes de la aldea –dijo Rájhman luego de que calmó su risa.
– ¿Y el joven? –inquirió el rey.
– Me enteré que había salido de excursión hacia la isla de Nobul.
– ¡Que intrépido! –dijo el rey asombrado.
– La verdad es que sí, pero fue lo mejor. Que estuviera alejado de ahí durante mi estancia.
– Será necesario que hables con él.
Rájhman palideció.
– Pero mi señor ¿Qué le diré? ¿Cómo voy a decirle de todo esto que se acerca para él? ¿Qué se supone que…? ¡Rayos! ¡Disculpe mi señor! Pero… pero…
– Será necesario hacerle saber solo lo indispensable Rájhman. También es necesario hacerle saber que en toda esta travesía no estará solo. Tranquilízate.
– Pero mi señor, ¿Cómo voy a explicarle sobre todo esto?
Rájhman se paseaba de un lado a otro del terreno, desesperado.
– ¿No querrás que yo vaya y le explique lo…?
– ¡No! No quiero eso mi señor –lo interrumpió el mago. – En su momento sabré que decirle, pero ¿es necesario que haga esta aparición?
– Sí, es necesario –asintió el rey.
Sin nada que reprochar el mago se quedó en silencio pensando en ese encuentro que no tenía contemplado. El rey miraba al mago intranquilo mas no le dijo nada.
– Se hará como usted ordene mi señor –el rey sonrió satisfecho.
– Si en tus manos está el ayudarle desde ese momento, no dudes en hacerlo.
– Con gusto lo haré, majestad.
El rey silbó armoniosamente y al instante Tormenta apareció por entre los arbustos. Los reflejos de plata de las monturas brillaban con la luz de la luna.
– Bonitos detalles de las monturas –dijo sonriente el rey. Rájhman sonrió por el comentario.
– Por cierto mi señor, la caravana de los Mozur se encuentra al oeste del reino.
– ¿Qué? –preguntó el rey extrañado.
– Que la caravana de los Mozur se encuentra al oeste del reino.
– Sí, sí. Entendí eso, pero ¿Qué hacen por acá?
– Supongo que van de Tamaria. Al parecer se dirigen al reino de Salah-vazad.
– ¿Pero viajar por el desierto? ¿Qué los Mozur se han vuelto locos?
– No lo sé mi señor. Pero trataré de investigar si eso tiene algo de relación con lo que nos acontece.
– De acuerdo –aceptó el rey.
El rey montó en Tormenta y mirando una vez más al barranco se despidió de Rájhman con un agitar de manos. El mago que lo veía desaparecer entre la amplia capa de viaje comenzó a recitar un conjuro; escuchó el relinchar del caballo a lo lejos y una ola de viento estremeció la naturaleza. La corriente de aire se llevó entre su ruta miles de cristales verdes esmeraldas. Esta vez Rájhman se había desvanecido del mismo color que sus prendas.
- Con que aquí estás hoy ¿eh? –le dijo al caballo mientras este relinchaba cuando vio a su amo llegar. –Sí, sí, lo siento. No pude liberarte antes.
El caballo que estaba sin monturas corrió alegre ante el rey y con su frente le tocó el pecho. Del hocico dejó caer la tiara que minutos antes el rey había tirado. El rey la levantó sonriente y le acarició las crines. – ¡Qué sería de mi si no te tuviera! –. El caballo piafó suavemente y se quedó quieto mientras el monarca le ponía la tiara en la frente y se la abrochaba por las crines detrás de las orejas. Acto seguido las monturas confeccionadas con tela blanca y adornos plateados aparecieron acomodadas en el animal. – ¡Siempre tan detallista, Rájhman!
Se montó de un brinco y sin esperar una orden, el caballo que no traía riendas corrió veloz por entre el bosque perdiéndose al poco tiempo entre la gran capa de viaje del rey.
Horas más tarde, en la cima de una enorme barranca estaba Rájhman. Su vestimenta de esa noche era completamente verde esmeralda, un turbante y sandalias negras le acompañaban, además de un sable y funda dorados. No hizo falta que encendiera fuego esta vez ya que la luna iluminaba a la perfección el espacio donde se encontraría con el rey. El río Tamaria se precipitaba al fondo de la barranca y seguía su curso varios kilómetros más abajo. El viento hizo ondear la capa verde de Rájhman al mismo tiempo que hacia silbar las hojas de los árboles.
– Al fin llega, majestad.
El viento soplaba más fuerte y de la nada una larga capa negra con destellos brillantes también en negro comenzó a materializarse varios metros al frente del mago. Un caballo relinchó entre el sonido del viento y los árboles y se posó suavemente sobre el suelo sobre sus patas traseras. Instantáneamente, el viento cesó.
– Mis saludos, mi respeto y mi lealtad para usted mi señor –saludó Rájhman inclinándose.
– Mis saludos, mi respeto y mi alta estima para ti, Rájhman –contestó el rey al tiempo que desmontaba del caballo.
– ¿Cómo se ha portado esta vez Tormenta? –preguntó el mago, componiéndose.
– Cada vez soporta menos el encierro –respondió el rey acariciando al animal.
– Es de esperarse.
– Supongo que sí.
El caballo se alejó de ellos trotando despacio. El rey miraba la barranca y el río plateado al fondo.
– ¿De modo que está hecho? –preguntó el rey.
– Así es, mi señor. El jefe de la Élite de los Caballeros Negros ha sucumbido.
– Ya sabíamos que esto pasaría, Rájhman. En especial tú.
– Lo sé mi señor. Es sólo que me siento impotente ante todo lo que se acerca. De ser por mí…
– De ser por ti se que lo hubieras impedido desde hace tiempo –interrumpió el rey.
– Así es mi señor –confirmó el mago.
– Sabes mejor que nadie toda esta treta de mi esposa, Rájhman. Sabes también que si actuamos desesperadamente todos los recursos con los que disponemos serán insuficientes.
– De sobra se todo esto, mi señor. Es sólo que el dolor que se acerca para aquellos inocentes y que nada tienen que ver en esta situación me encoleriza.
– La ambición va de la mano con la maldad –dijo el rey pensativo. –No podemos combatir estos males si no es con prudencia, con fuerza y con inteligencia.
– Es por eso que he permanecido oculto para todos ¿verdad, mi señor?
El rey sonrió.
– En efecto, Rájhman. Pero no es esa la única razón por la que te mantienes oculto. Aun no sanas del todo y una recaída en estos momentos sería demasiado desastrosa, en especial para aquellos a quienes intentas ayudar. Por otro lado, para quienes eres un enemigo mortal serías una presa fácil de cazar. Pese a tu fuerza y tu poder sigues débil.
Rájhman aceptó el cumplido en silencio.
– ¿Pudiste ir a Bislacia? –preguntó el rey.
– Sí, mi señor. Tanto Bislacia como Lazdac están con nosotros. Han puesto a su servicio al Escuadrón de Las Bengalas para luchar si es necesario. También han reforzado la cámara donde se guarda “La Corona del Halcón”. Están temerosos de que pase lo mismo que con la Flama Eterna. La emperatriz de Bislacia ha duplicado las protecciones.
– Hace bien. No sabemos que pudiera ocurrir más adelante ¿o sí?
– No, mi señor. Hay cosas que no he querido averiguar y no lo haré a menos que se trate de algo extremadamente necesario y urgente.
– Parece que ya aprendiste la lección.
El mago rió a carcajada suelta seguido por el rey.
– Cuando regresé de Lazdac me dirigí a Zsam-jara. Tuve que actuar de incógnito entre la población. Aun así no fue suficiente pero el sello de Rambal fue puesto en la mayoría de los jóvenes de la aldea –dijo Rájhman luego de que calmó su risa.
– ¿Y el joven? –inquirió el rey.
– Me enteré que había salido de excursión hacia la isla de Nobul.
– ¡Que intrépido! –dijo el rey asombrado.
– La verdad es que sí, pero fue lo mejor. Que estuviera alejado de ahí durante mi estancia.
– Será necesario que hables con él.
Rájhman palideció.
– Pero mi señor ¿Qué le diré? ¿Cómo voy a decirle de todo esto que se acerca para él? ¿Qué se supone que…? ¡Rayos! ¡Disculpe mi señor! Pero… pero…
– Será necesario hacerle saber solo lo indispensable Rájhman. También es necesario hacerle saber que en toda esta travesía no estará solo. Tranquilízate.
– Pero mi señor, ¿Cómo voy a explicarle sobre todo esto?
Rájhman se paseaba de un lado a otro del terreno, desesperado.
– ¿No querrás que yo vaya y le explique lo…?
– ¡No! No quiero eso mi señor –lo interrumpió el mago. – En su momento sabré que decirle, pero ¿es necesario que haga esta aparición?
– Sí, es necesario –asintió el rey.
Sin nada que reprochar el mago se quedó en silencio pensando en ese encuentro que no tenía contemplado. El rey miraba al mago intranquilo mas no le dijo nada.
– Se hará como usted ordene mi señor –el rey sonrió satisfecho.
– Si en tus manos está el ayudarle desde ese momento, no dudes en hacerlo.
– Con gusto lo haré, majestad.
El rey silbó armoniosamente y al instante Tormenta apareció por entre los arbustos. Los reflejos de plata de las monturas brillaban con la luz de la luna.
– Bonitos detalles de las monturas –dijo sonriente el rey. Rájhman sonrió por el comentario.
– Por cierto mi señor, la caravana de los Mozur se encuentra al oeste del reino.
– ¿Qué? –preguntó el rey extrañado.
– Que la caravana de los Mozur se encuentra al oeste del reino.
– Sí, sí. Entendí eso, pero ¿Qué hacen por acá?
– Supongo que van de Tamaria. Al parecer se dirigen al reino de Salah-vazad.
– ¿Pero viajar por el desierto? ¿Qué los Mozur se han vuelto locos?
– No lo sé mi señor. Pero trataré de investigar si eso tiene algo de relación con lo que nos acontece.
– De acuerdo –aceptó el rey.
El rey montó en Tormenta y mirando una vez más al barranco se despidió de Rájhman con un agitar de manos. El mago que lo veía desaparecer entre la amplia capa de viaje comenzó a recitar un conjuro; escuchó el relinchar del caballo a lo lejos y una ola de viento estremeció la naturaleza. La corriente de aire se llevó entre su ruta miles de cristales verdes esmeraldas. Esta vez Rájhman se había desvanecido del mismo color que sus prendas.
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Al caer la noche Jehán había cumplido su objetivo. Estaba del otro lado de la isla en lo alto de las colinas y podía observar tranquilamente lo que hacia aquel extraño grupo comandados por una mujer en las ruinas de lo que en su tiempo había sido un extraordinario templo. Llegó a ese punto al atardecer mientras el sol se ocultaba y cuando inspeccionó el trabajo de los hombres descubrió que solo habían excavado en el suelo donde se formaba una mancha negra, el resto del terreno al parecer estaba intacto.
Siguió observando las acciones de los hombres que no hacían más que excavar y luego de un rato cuando la luna salió vio que se detenían. La mujer se alejó del hoyo excavado en forma rectangular y dejó que los hombres vaciaran nuevamente la tierra extraída en la fosa hasta dejarla al ras del suelo. La mujer se metió en una de las tres tiendas y no salió en el resto de la noche. Por su parte, los hombres se habían ido al lado del lago y se bañaban luego de la jornada de trabajo. Regresaron, cenaron y se metieron en las tiendas.
Jehán trataba de no perder detalle de lo que pudiera pasar ahí y cuando menos lo pensó el sueño se había apoderado de él, dejándolo recostado sobre una de las mantas.
Amaneció y el rocío de la noche dejó completamente mojadas las ropas de Jehán que con el aire fresco de la mañana hizo que sintiera frio y despertara. Escuchó la caída de agua al lado de las colinas de donde estaba y se incorporó. Miró rápidamente hacia donde se encontraba el grupo de excavadores y vio el terreno vacío. Se habían ido. Los buscó con la mirada al ponerse de pié y no vio rastro de ellos. Recogió sus cosas y se dispuso a bajar la colina para llegar al templo. Una vez abajo examinó los pilares de piedra antiguos y el altar y no notó nada diferente en ellos. Continuó explorando la zona y excepto por la excavación era la única alteración que presentaba el paisaje. –Esto es muy extraño –pensó.
Dejó sus mantas al pie del altar y vio la cascada. El agua que caía creaba un pequeño arcoíris con la luz del sol y las gotas de agua que saltaban fuera de la caída. Contempló de nuevo el escenario y sin dudarlo se quitó la camisa húmeda; sintió frio al contacto con el aire y sonrió. El pantalón también mojado por el rocío lo puso en el piso del altar y cuando se hubo quitado los zapatos no tardó en lanzarse a la charca de agua fría.
Luego del baño y de que se hubiera vestido siguió el desayuno, mismo que le había preparado su tía. Comió rápido y recogió sus cosas pues estaba decidido a llegar antes del anochecer a su casa. Siguió el camino del antiguo templo y en un par de horas llegó al destartalado muelle que estaba solo, sin la barca de los excavadores. Se fue a recoger la suya y cuando la alcanzó y la puso en el agua tomó fuerzas para remar y dirigirse al otro lado.
Pasado el mediodía desembarcó en el muelle y con todo y dudas encontró a su caballo. Pensó que si los viajeros habían desembarcado ahí quizá lo habían visto y se lo habrían llevado con ellos. No era así, afortunadamente. Caminó cauteloso por entre el bosque por si acaso se topara con ellos y al ir avanzando y no encontrar ni un rastro, montó y se dirigió relajado a su destino. El camino de regreso estaría acompañado por el caudal del rio Tamaria que fluía vertiginoso en dirección opuesta hacia donde el caminaba y que le alegraría la travesía. Siguió avanzando por el sendero a veces pedregoso y a veces firme hasta que llegó al pie de un barranco por demás profundo. Miró hacia arriba y pudo ver claramente el puente colgante de su aldea. Ya estaba cerca. Desmontó para descansar y para que su caballo bebiera agua fresca y caminó por el sendero. Un pedazo de una flecha roja estaba tirado al lado del camino y la recogió. La observó detenidamente y la guardó mientras regresaba por el caballo que había terminado de beber, se subió en él y retomó la travesía. Las sombras de las montañas ya ocultaban el sol y el aire se tornó fresco. Sacó la flecha que había encontrado y entonces la recordó; era la misma que vio en su sueño. Jehán hizo una extraña relación de su sueño con ese momento y la flecha y algo lo hizo estremecerse mientras arriaba al caballo para que avanzara deprisa. La inquietud del sueño lo asaltó de repente y se sintió presa de su mismo pánico. No tardaría en llegar a su aldea. Hizo galopar al animal que lo hacía torpemente por la falta de luz y cuando salió a camino abierto no se tardó en cabalgar veloz. El miedo provocado por esa flecha le hizo perder la noción del tiempo. Solo quería llegar a su casa y comprobar que todo estaba en orden. El último tramo de camino se cerraba con una curva por demás prolongada antes de tener la visión de su aldea y con los ojos cerrados y con todas sus fuerzas deseaba ver su pueblo tal y como lo dejó. Y se le concedió: el pueblo se cernía apacible y tranquilo a escasos kilómetros al fondo. Respiró tranquilo y sonrió nervioso ante el miedo que sentía. Lanzó la flecha al suelo y al instante una súbita explosión surgió del puesto de avanzada que estaba al norte de la aldea. La respiración se le cortó al instante y con los ojos desorbitados arrancó en estampida al pueblo.
Tardó casi media hora en llegar y cuando descabalgó casi al centro de la población su sueño se convirtió en una real pesadilla. Un grupo de caballeros negros montados a caballo andaban entre el pueblo tomando a cuanta persona les pasara por enfrente. Varios caballeros a pie entraban en las casas y sacaban a los habitantes que lloraban y suplicaban sin entender nada. Jehán miraba aquellas escenas como si viera su sueño y al instante recordó a su primo atravesado por la flecha. Aunque no era igual que en su sueño, si eran reales aquellos caballeros que reunían a la población en la plaza central. Las mujeres lloraban presas del pánico y los hombres se ponían delante de ellas en actitud defensiva. Los niños asustados se escondían tras su madre llorando de miedo. Tres de los doce caballeros seguían montados a caballo y el resto reubicaba a la población; las mujeres y los niños así como los ancianos fueron excluidos del centro de la plaza y los jóvenes varones quedaron al centro. Entre ellos estaba Vicenzo. Temblando, Jehán miraba sobresaltado y con el corazón palpitándole aquella selección de personas. Sabía lo que podía ocurrir. Un alboroto surgido de entre los excluidos hizo que los caballeros se exaltaran y entre los gritos y empujones comenzó la disputa. Los hombres que estaban ahí tumbaron a varios caballeros y las reacciones no se hicieron esperar. Gritos desesperados y llanto era lo único que podía verse y escucharse. Los jóvenes del centro corrieron en todas direcciones mientras el escándalo estaba y pronto una descarga de flechas se oyó zumbar por el aire. Varios jóvenes cayeron al instante alcanzados por los proyectiles y del otro lado varias personas heridas por espadas estaban tumbadas en el suelo. El caos sobrevino de nuevo. Mujeres y niños lloraban ante la brutalidad de los caballero que ya montados perseguían a los jóvenes que alcanzaron a huir. Jehán estaba petrificado cuando un grito le revivió los sentidos.
- ¡Jehán, corre! –era su primo Vicenzo.
Sin esperar dos veces subió a su caballo y sin recordar cuando había descabalgado corrió a alcanzar a su primo.
-¡Sube, tenemos que irnos de aquí! –le dijo Jehán acercándose a él y tendiéndole una mano para que trepara.
Una daga explosiva pasó cortando el viento y se clavó en la pared de una casa con la mecha prendida. La explosión no se hizo esperar y retumbó con fuerza derrumbando la pared de la casa. El caballo asustado se paró a dos manos y tumbó a Jehán. Entre el polvo y el sonido provocado por la explosión el caballo corrió de la escena espantado.
- ¡Vicenzo! ¡Vicenzo! –gritaba Jehán.
- Estoy bien –respondió levantándose sin ver a su primo a causa del polvo.
Un caballero negro se acercó a caballo y desmontó. Tomó a Vicenzo del cuello y lo levantó del piso, observándolo.
- ¡Suéltalo! –gritó Jehán con su sable en la mano izquierda y la funda en la derecha.
Vicenzo apretaba la mano del caballero mientras su rostro pasaba del rojo al morado a falta de aire y pataleaba golpeando la gruesa armadura del guerrero.
- Si no quieren morir será mejor que cooperen –dijo tranquilo el caballero.
- Nosotros no colaboramos con asesinos –respondió Jehán con furia -¡Te he dicho que lo sueltes! –le gritó.
- Tienes agallas joven –dijo el caballero lanzando a Vicenzo a los escombros. Este tosía y aspiraba con rapidez pues casi estaba asfixiado. El caballero caminó hacia Jehán que se afianzaba sobre sus piernas. –Así que quieres jugar ¿eh? –le instó el caballero. –No sabes con quien te metes.
Y fue lo único que dijo. El guerrero negro sacó veloz su espada y le soltó el primer golpe. La espada curva del guerrero chocó con el sable recto de Jehán.
- Vaya, vaya. Tenemos a alguien que sabe manejar armas –dijo el caballero burlándose.
Jehán mantenía su posición defensiva, mientras Vicenzo se recuperaba y se movía discretamente.
- ¡No te muevas Vicenzo! –ordenó Jehán.
El caballero negro volteó con Vicenzo y Jehán comenzó a atacar.
Era bueno con la espada a una mano lo que permitía la fácil movilidad de su cuerpo. Atacaba con fuerza y se sirvió de la funda para convertirla en otra arma. El guerrero se defendía sin dificultad de los golpes mientras reía.
- ¿Es todo lo que tienes? –le preguntó.
Jehán enojado no hacía más que resoplar y ganar tiempo para que Vicenzo se fuera sin problemas. El caballero dobló su esfuerzo y cambió la postura para ser él quien atacaba.
- ¡Primo, corre! –gritó Jehán.
Vicenzo se fue de lado para alejarse de ahí y corrió para perderse en las casas. El jinete atento a sus movimientos sacó tres proyectiles y los lanzó. Vicenzo cayó al instante con una daga en la pierna y las otras dos en la espalda.
Jehán, sin poder contenerse descargó un grito con coraje y arremetió contra el caballero que atendía de nuevo la pelea. Llorando, Jehán miraba de fondo a su primo que se levantaba con dificultad. El guerrero se percató y chistó al ver al joven incorporarse.
Un segundo bastó para que Jehán descargara sobre su cabeza un golpe con la funda del sable que era tan dura como el metal y tumbó al guerrero de espaldas. El gusto le duró tan poco cuando vio a un segundo guerrero acercarse hacia donde estaba Vicenzo.
- ¡Estúpido guerrero negro! ¡Alcánzame si puedes!
El reto surtió efecto. El segundo guerrero no vio a Vicenzo recargado sobre la pared destruida y se lanzó sobre Jehán que corría al máximo para poner a salvo a su primo.
La cacería había comenzado. El guerrero negro sacó un potbordú del cinto y lo silbó mientras corría. El sonido agudo y prolongado del instrumento era un aviso para su grupo.
Con fuerzas de la nada Jehán comenzó a correr hacia las afueras de la aldea con el guerrero negro detrás siguiéndole. La ligereza del muchacho contra la pesada armadura del caballero fue suficiente para que Jehán tomara la ventaja. Salió del pueblo y se fue camino arriba para llegar al puente. Una flecha cruzó el aire y se perdió en la profundidad del bosque. Un jinete a caballo llegó para suplir al que iba a pie y rápidamente acortó la distancia de su objetivo. Jehán corría sin detenerse a pesar del cansancio y tuvo la osadía de mirar hacia atrás. Una humareda proveniente del puesto de avanzada del norte y llamas de la plaza central era lo que se veía en aquel espacio rodeado de montañas.
Una daga paso por encima de Jehán y cuando se clavó entre las ramas de un árbol pudo percatarse de la chispa que ardía. Corrió de nuevo y segundos más tardes el árbol explotó lanzando ramas y hojas al aire a causa del impacto. Retomando su camino el guerrero paso de largo entre las llamas que ocasionó la daga y vio a Jehán que corría a velocidad favorecido por la pendiente que bajaba directo al puente. Siguió al joven en su intento de huir y le lanzó la última flecha que se clavó en el poste de entrada al puente.
Jehán ya había atravesado el puente cuando el guerrero descabalgó del caballo y se disponía a cruzarlo.
De un tajo firme, Jehán había cortado una de las cuerdas centrales que sostenía al puente. El guerrero se tambaleó al sentir el puente débil y ató su mano a las cuerdas laterales, enredándola varias veces sobre la soga. No podía retroceder. Sin dudar, un segundo tajo cortó la segunda cuerda del puente que sin más cayó por el fondo del barranco quedando suspendido solo de las cuerdas centrales del otro lado. Tardó en llegar a la montaña y quedarse quieto y desde su lugar, Jehán miraba al guerrero negro suspendido en el aire y amarrado de una cuerda. El guerrero desde su posición, saco un potbordú con su mano libre y lo hizo sonar varias veces a intervalos regulares. Jehán lo miraba con desprecio y lo dejó ahí colgado a su suerte, esperando a que pasaran por él o a que cayera. Trató de mirar a la aldea pero desde ahí no podía ver mucho. Miró de nuevo al caballero suspendido en el puente y para su sorpresa, descubrió a un segundo jinete cerca de donde estaba el caballo del jinete que estaba colgado. Ambos se estaban mirando.
Jehán lo observó sin temor a ser alcanzado por flechas pero se equivocó.
Un proyectil pasó rozando por su hombro y le cortó parte de su camisa. Se sobrepuso a semejante sorpresa pues había casi un kilometro de distancia desde donde estaba el jinete. Una flecha no podía atravesar ese trayecto. El caballero negro montado en el caballo misteriosamente se vio envuelto en un halo rojo que le permitía brillar de manera sobrenatural en la oscuridad de la noche.
Entonces, como si algo lo llamara, Jehán examinó el terreno donde se encontraba y lo comprendió.
El tabernáculo tallado en la pared de la montaña estaba vacío.
Avanzó varios pasos más para lograr ver a la perfección la escena y el triángulo de cristal que poseía la Flama Eterna estaba roto y partido a la mitad.
Vio de nuevo a la entrada del puente. El jinete suspendido ya no estaba ahí, estaba al lado del caballero que emanaba el aura roja. Los jinetes miraban al fugitivo al frente y le apuntaban con sus arcos tensos, listos para disparar. Jehán desenvainó el sable mientras esperaba, atento a cualquier movimiento. Una flecha con fuego salió disparada del jinete que parecía arder en llamas y comenzó a atravesar el espacio que lo separaba de su objetivo. En el aire, la flecha se multiplicó por dos, y luego por tres, al poco rato había una lluvia de centellas volando por el cielo. Presa del pánico, Jehán no hacía más que contemplar el inesperado espectáculo y movido de nuevo por una fuerza invisible corrió veloz y se perdió detrás del tabernáculo que había sido profanado.






