CAPÍTULO 4
LA ÉLITE DE LOS CABALLEROS NEGROS
Mohamed Kryory estaba sentado en un tronco caído y podrido, miraba el reflejo de los rayos del sol en las aguas mansas del lago Nibanza mientras su equipo se instalaba de lleno en ese lugar para acampar. Mohamed, conocido comúnmente solo por su apellido “Kryory” era el tercer jefe del grupo denominado “La Élite de los Caballeros Negros”.En plena madurez, a sus treinta y cinco años Mohamed era un guerrero valiente y apuesto, de tez clara, ojos de color azul claro que resaltaban debido a su tono de piel; de gran estatura y fornido. Había logrado el puesto de jefe del grupo al vencer en un torneo de lucha al anterior jefe que presentaba su retiro y como era tradición, los caballeros que formaban parte de las filas de guerreros del reino Rambal competían por entrar al equipo. Se hacían llamar la élite por ser los mejores guerreros y por su excelente capacidad para el manejo de las armas, tanto de espadas y lanzas como de arcos y flechas, sin dejar de lado por supuesto sus habilidades físicas. Kryory era un hombre solitario, razón por la cual a su edad era de los pocos guerreros solteros que existían en el reino. Se le atribuía el hecho de su soledad a que cuando apenas tenía un año de casado, su esposa murió junto con la criatura que estaba por nacer, ambos en el parto. Aun cuando de eso hacia alrededor de ocho años, sentía como si hubiera sido apenas ayer.
El ingreso como jefe del grupo de la élite ocasionó dos acciones notables: la primera era que tenía más ocupaciones, cosa que le sacaba de su ensimismamiento cuando pensaba en su esposa e hijo y la segunda conocer y tratar más de cerca a la reina, la cual le parecía por demás hermosa y atractiva. La convivencia que había cuando él estaba en el castillo hacía que se le debilitaran las piernas cuando cruzaba miradas o palabras con la reina. A sabiendas de la alta estima en que lo tenía el rey, Kryory era infiel a su lealtad como vasallo, pero solo en sus pensamientos.
-Hemos terminado Kryory, pasaremos aquí la tarde y la noche y partiremos al castillo al amanecer –le dijo uno de sus colaboradores. Él se levantó y miró el campamento ya instalado con las tiendas en pie.
- Bien. Si han de comer será mejor que se apuren a pescar, el lago tiene gran cantidad de peces que esperan a ser cocinados. Mañana por la mañana estén listos al alba.
-¿Sucede algo? –le preguntó su compañero.
-Nada que no sepas, ya sabes que la tranquilidad de los espacios abiertos me traen recuerdos sobre Fara.
El soldado no dijo nada más y Kryory se dirigió a su tienda y al llegar a ella se detuvo.
-La noche se acerca –les dijo a sus camaradas –por lo que será mejor apresurar la cena para preparar las guardias.
Fue todo lo que dijo y entró al pabellón mientras el resto de su grupo solo se miraba entre sí mostrando confusión en sus rostros.
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El alba los sorprendió con un viento ligero que hacía silbar el follaje de los árboles y los bañaba con la brisa del lago. Las últimas estrellas del amanecer estaban dando paso a la claridad del sol que salía por entre las montañas lejanas y los soldados ya estaban preparándose para partir. Los once caballeros al mando de Mohamed Kryory vestían completamente de negro. Su uniforme consistía en prendas ligeras tanto el pantalón como la camisa; los muslos y las pantorrillas estaban protegidos por una armadura metálica labrada con grecas y pintada con los colores del reino, rojo y negro. En el pecho y el abdomen vestían también una armadura lo suficientemente gruesa como para soportar impactos de flechas, también con el mismo diseño del resto de las protecciones en las piernas. Los guantes también negros tenían la punta de los dedos libres y se adornaban por un rubí en la parte superior, permitiendo y facilitando la movilidad de los dedos. Su cinto, ancho para soportar el peso de las armas, contenía una o dos espadas, según la habilidad del caballero; por el lado de la pierna izquierda tenia sujeta una carrillera que colgaba al aire con media docena de dagas, del lado derecho tenia exactamente lo mismo pero las dagas eran explosivas. El casco era de metal y tenía solo una protección en la nariz, dejando libre el espacio entre la boca y los ojos para facilitar la ventilación. La capa tres cuartos les llegaba un puño por debajo de los glúteos, era igualmente negra con el emblema del reino “La Flama Eterna” pintada en color rojo y además, llevaban en la espalda un arco y el carcaj con flechas.
Como parte de la indumentaria era necesario estar provisto de todas las armas posibles por lo que cargaban con ellos todos esos accesorios.
Mohamed salió de su pabellón y vio a los soldados ya vestidos y preparándose para salir. El se ajustaba la capa por el frente y se colocaba el carcaj y el arco.
- Los caballos ya están protegidos y ensillados. Como puedes ver, nosotros ya estamos casi listos para salir -. Le dijo el mismo hombre que le habló la noche anterior.
- No hay que demorarnos entonces, tenemos que llegar cuanto antes a la fortaleza y eso nos tomará mínimo dos días. Que desmonten la tienda y en que terminen de recoger todo.
- Entendido señor –dijo el guerrero y se dio media vuelta y se fue a dar instrucciones.
Mohamed miraba el azul oscuro del lago que iba tornándose claro con la claridad del sol y resopló pensativo.
Escasos minutos más tarde el grupo ya estaba listo para salir y cuando dejaron todo asegurado, se fueron del lugar acompañados por el sol que ya había salido completamente.
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El despertar de Jehán fue tranquilo tanto que no se dio cuenta que el sol ya estaba puesto por el cielo. Se desperezó tranquilamente y miró a su alrededor, todavía con sueño. El caballo estaba dormitando bajo un árbol donde pasó la noche resguardándose de la brisa nocturna.
Jehán se levantó de su lugar y se estiró. Recordó al instante el sueño que tuvo. Había sido de cuando su tío Aarón se disponía a enseñarlo a manejar la espada. Sonrió recordando sus inicios y al instante se preparó para salir del bosque, había determinado no detenerse hasta llegar esa tarde a su aldea. Recogió sus cosas y las preparó entre las monturas del caballo, que ya estaba despierto y se había puesto de pie, lo ensilló y ya totalmente despierto, salió del claro donde pasó la noche y reanudó su camino.
El sol aumentaba su calor conforme pasaban las horas. El día era especialmente fresco y agradable por lo que Jehán disfrutó su travesía admirando el paisaje boscoso que rodeaba a su aldea. Pasadas las horas descansó en un arroyo para tomar agua y refrescarse y para que su caballo también lo hiciera. Siguió su marcha caminando pues estaba cansado de montar y cuando quedaba poco para que la noche llegara por fin la divisó. La aldea se encontraba sumida en el silencio, perdida entre las montañas y los árboles. El gran caudal del rio Tamaria brillaba con los rayos del sol y desde esa distancia parecía solo un hilo plateado serpenteando entre los valles. Jehán sonrió ante la felicidad de regresar a su casa y con nuevos ánimos se dispuso a bajar la pendiente, llegó al cruce del puente colgante que conectaba a la montaña sagrada del fuego y siguió de largo. Su casa lo esperaba.
Jehán se levantó de su lugar y se estiró. Recordó al instante el sueño que tuvo. Había sido de cuando su tío Aarón se disponía a enseñarlo a manejar la espada. Sonrió recordando sus inicios y al instante se preparó para salir del bosque, había determinado no detenerse hasta llegar esa tarde a su aldea. Recogió sus cosas y las preparó entre las monturas del caballo, que ya estaba despierto y se había puesto de pie, lo ensilló y ya totalmente despierto, salió del claro donde pasó la noche y reanudó su camino.
El sol aumentaba su calor conforme pasaban las horas. El día era especialmente fresco y agradable por lo que Jehán disfrutó su travesía admirando el paisaje boscoso que rodeaba a su aldea. Pasadas las horas descansó en un arroyo para tomar agua y refrescarse y para que su caballo también lo hiciera. Siguió su marcha caminando pues estaba cansado de montar y cuando quedaba poco para que la noche llegara por fin la divisó. La aldea se encontraba sumida en el silencio, perdida entre las montañas y los árboles. El gran caudal del rio Tamaria brillaba con los rayos del sol y desde esa distancia parecía solo un hilo plateado serpenteando entre los valles. Jehán sonrió ante la felicidad de regresar a su casa y con nuevos ánimos se dispuso a bajar la pendiente, llegó al cruce del puente colgante que conectaba a la montaña sagrada del fuego y siguió de largo. Su casa lo esperaba.
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Rájhman se encontraba preparando una fogata cuando el peregrino envuelto en su capa de viaje negra y acompañado por su caballo blanco inmaculado llegó. Desmontó suavemente y se acercó al mago mientras éste se encontraba de pie, recibiéndolo con media reverencia.
-Mis saludos, mi respeto y mi lealtad para usted mi señor –saludó cordialmente Rájhman.
-Mis saludos, mi respeto y mi alta estima para ti, Rájhman –dijo el hombre devolviéndole el saludo.
Rájhman se enderezó y miró el rostro del hombre, se veía cansado por la travesía pero la vivacidad de los ojos y la amplia sonrisa le daban una vida como a ninguna otra persona.
- ¿Se siente bien, mi señor? –preguntó Rájhman.
- Perfectamente bien, es solo que el viaje ha sido algo apresurado –respondió el hombre quitándose la capa y quedando solo en una prenda azul cielo, salpicada de destellos plateados.
- Entiendo, es solo que esta vez la necesidad de platicar con usted era algo urgente.
- Lo sé por eso mismo estoy aquí. Dime ¿qué es lo que ocurre?
- La Élite de los Caballeros Negros, mi señor.
- ¿Qué ha sucedido con la Élite? -preguntó el rey preocupado.
- Nada grave mi señor, es solo que ya caminan por los territorios del reino y es posible que la ronda de vigilancia la hayan terminado antes de lo planeado.
- Me imagino que sí –dijo el señor mirando al mago. ¿Tienes algo que decir o que preguntar?
- Para serle sincero, sí. Conozco de antemano la misión que tiene la Élite sobre resguardar la Flama Eterna. Últimamente he presenciado actos poco ordinarios y que sé están relacionados directamente con magia.
- ¿Qué tipo de actos?
- El día de ayer un rayo salió de la isla de Nobul, para ser exacto de las ruinas del antiguo templo de la Flama Eterna.
El viajero arqueó las cejas esperando escuchar más.
- Sabemos de sobra que existen personas las cuales buscan desesperadamente la tumba de su esposa, mi señor. Mi preocupación viene a que ese rayo emitido del templo fue solo el resultado de un mecanismo de protección que la tumba tiene. Evidentemente tanto usted como yo sabemos que hará falta algo más que un rayo para encontrar esa tumba.
- Lo se Rájhman –inquirió el rey sin mostrar mucha preocupación. –por lo tanto no debería alterarte el hecho de lo que sucede con la tumba no darán con ella.
- No deberíamos estar seguros –alegó el mago sentándose a un lado del fuego e indicando al rey que tomara asiento –el recorrido por los ocho reinos de esta tierra me señalan que hay indicios de búsqueda de la tumba.
El rey que se estaba sentando se sobresaltó al oír aquello.
- ¿Qué dices? –le preguntó el rey extrañado.
-Eso mismo, mi señor. Las relaciones diplomáticas entre los reinos no es la misma. Personas con el mismo fin pretenden localizar esa tumba. Si se conocieran entre ellos unirían fuerzas para tratar de lograr la ubicación del sepulcro y de su contenido. Como verá no favorece a nadie. Al menos no a nadie interesado en resguardar el secreto de la tumba.
El rey estaba perplejo. Conocía de sobra a Rájhman y sabia que lo que decía era cierto por tanto debería ser tomado en cuenta.
- Francamente desconozco a quienes estén tras la tumba de mi esposa pero no permitiremos que ésta salga a la luz.
- No mi señor, no lo permitiremos. Por lo cual eso me remite a la Élite de los Caballeros Negros.
- ¿Qué tienen que ver ellos?
- Conocemos de antemano las capacidades del grupo –respondió el mago –pero si se suscitara algo más que una simple búsqueda, como por ejemplo una lucha, la Élite no seria suficiente para defender primero a la Flama Eterna y mucho menos defender al reino. Las meras suposiciones quizá sean exageradas pero deberíamos estar preparados para lo peor.
- Entiendo el punto –dijo el rey pensativo -¿Tan graves son los hechos?
- No graves en su totalidad, al menos no por ahora pero con el pasar de los días, si el destino acerca a personas que no debieran estar juntas los resultados podrían ser desalentadores.
- Seguirás vigilando ¿verdad? –preguntó el rey al mago directamente.
- Por supuesto mi señor, ese es mi trabajo.
- Te lo agradezco Rájhman –le respondió mirándole y con una sonrisa.
- He estado alerta del chico –dijo inesperadamente el mago. –A estas horas ya debería estar en su casa.
- ¿Cómo le ha ido? –preguntó el rey.
- Supongo que bien. Iba camino a su casa muy contento luego que divisó la aldea.
- ¿Reparó en la montaña sagrada?
- No. Pasó de largo y no se detuvo siquiera.
El rey sonrió.
- Tan despistado como siempre.
- No lo creo mi señor, por ahora no tenia nada que hacer ahí. Mi señor -agregó -hemos de prestar suma atención al chico. Sobre él recae el peso de la esperanza.
- Lo tengo por demás sabido Rájhman y es algo que me preocupa.
- Que bueno que lo tiene en consideración señor. No olvide también la constante vigilancia a su actual esposa.
- Lo tengo siempre presente, gracias por preocuparte –dijo el rey levantándose y preparándose la capa anunciando su retiro. –Sigue así, de atento como siempre.
- Así será mi señor. –dijo Rájhman poniéndose de pie.
El rey tomó a su caballo que estaba a escasos metros de distancia y se subió a el, envolviendo con su capa gran parte del cuerpo blanco.
-No olvide quitarle la tiara dorada al caballo, mi señor.
El rey que ya estaba montado miró a Rájhman y le guiñó un ojo. Le dedicó una sonrisa y partió veloz. Devolvió de nuevo la mirada pero solo miró el fuego crepitar, a su lado había miles de destellos plateados que había dejado Rájhman al momento de desaparecer de ese lugar.
-Mis saludos, mi respeto y mi lealtad para usted mi señor –saludó cordialmente Rájhman.
-Mis saludos, mi respeto y mi alta estima para ti, Rájhman –dijo el hombre devolviéndole el saludo.
Rájhman se enderezó y miró el rostro del hombre, se veía cansado por la travesía pero la vivacidad de los ojos y la amplia sonrisa le daban una vida como a ninguna otra persona.
- ¿Se siente bien, mi señor? –preguntó Rájhman.
- Perfectamente bien, es solo que el viaje ha sido algo apresurado –respondió el hombre quitándose la capa y quedando solo en una prenda azul cielo, salpicada de destellos plateados.
- Entiendo, es solo que esta vez la necesidad de platicar con usted era algo urgente.
- Lo sé por eso mismo estoy aquí. Dime ¿qué es lo que ocurre?
- La Élite de los Caballeros Negros, mi señor.
- ¿Qué ha sucedido con la Élite? -preguntó el rey preocupado.
- Nada grave mi señor, es solo que ya caminan por los territorios del reino y es posible que la ronda de vigilancia la hayan terminado antes de lo planeado.
- Me imagino que sí –dijo el señor mirando al mago. ¿Tienes algo que decir o que preguntar?
- Para serle sincero, sí. Conozco de antemano la misión que tiene la Élite sobre resguardar la Flama Eterna. Últimamente he presenciado actos poco ordinarios y que sé están relacionados directamente con magia.
- ¿Qué tipo de actos?
- El día de ayer un rayo salió de la isla de Nobul, para ser exacto de las ruinas del antiguo templo de la Flama Eterna.
El viajero arqueó las cejas esperando escuchar más.
- Sabemos de sobra que existen personas las cuales buscan desesperadamente la tumba de su esposa, mi señor. Mi preocupación viene a que ese rayo emitido del templo fue solo el resultado de un mecanismo de protección que la tumba tiene. Evidentemente tanto usted como yo sabemos que hará falta algo más que un rayo para encontrar esa tumba.
- Lo se Rájhman –inquirió el rey sin mostrar mucha preocupación. –por lo tanto no debería alterarte el hecho de lo que sucede con la tumba no darán con ella.
- No deberíamos estar seguros –alegó el mago sentándose a un lado del fuego e indicando al rey que tomara asiento –el recorrido por los ocho reinos de esta tierra me señalan que hay indicios de búsqueda de la tumba.
El rey que se estaba sentando se sobresaltó al oír aquello.
- ¿Qué dices? –le preguntó el rey extrañado.
-Eso mismo, mi señor. Las relaciones diplomáticas entre los reinos no es la misma. Personas con el mismo fin pretenden localizar esa tumba. Si se conocieran entre ellos unirían fuerzas para tratar de lograr la ubicación del sepulcro y de su contenido. Como verá no favorece a nadie. Al menos no a nadie interesado en resguardar el secreto de la tumba.
El rey estaba perplejo. Conocía de sobra a Rájhman y sabia que lo que decía era cierto por tanto debería ser tomado en cuenta.
- Francamente desconozco a quienes estén tras la tumba de mi esposa pero no permitiremos que ésta salga a la luz.
- No mi señor, no lo permitiremos. Por lo cual eso me remite a la Élite de los Caballeros Negros.
- ¿Qué tienen que ver ellos?
- Conocemos de antemano las capacidades del grupo –respondió el mago –pero si se suscitara algo más que una simple búsqueda, como por ejemplo una lucha, la Élite no seria suficiente para defender primero a la Flama Eterna y mucho menos defender al reino. Las meras suposiciones quizá sean exageradas pero deberíamos estar preparados para lo peor.
- Entiendo el punto –dijo el rey pensativo -¿Tan graves son los hechos?
- No graves en su totalidad, al menos no por ahora pero con el pasar de los días, si el destino acerca a personas que no debieran estar juntas los resultados podrían ser desalentadores.
- Seguirás vigilando ¿verdad? –preguntó el rey al mago directamente.
- Por supuesto mi señor, ese es mi trabajo.
- Te lo agradezco Rájhman –le respondió mirándole y con una sonrisa.
- He estado alerta del chico –dijo inesperadamente el mago. –A estas horas ya debería estar en su casa.
- ¿Cómo le ha ido? –preguntó el rey.
- Supongo que bien. Iba camino a su casa muy contento luego que divisó la aldea.
- ¿Reparó en la montaña sagrada?
- No. Pasó de largo y no se detuvo siquiera.
El rey sonrió.
- Tan despistado como siempre.
- No lo creo mi señor, por ahora no tenia nada que hacer ahí. Mi señor -agregó -hemos de prestar suma atención al chico. Sobre él recae el peso de la esperanza.
- Lo tengo por demás sabido Rájhman y es algo que me preocupa.
- Que bueno que lo tiene en consideración señor. No olvide también la constante vigilancia a su actual esposa.
- Lo tengo siempre presente, gracias por preocuparte –dijo el rey levantándose y preparándose la capa anunciando su retiro. –Sigue así, de atento como siempre.
- Así será mi señor. –dijo Rájhman poniéndose de pie.
El rey tomó a su caballo que estaba a escasos metros de distancia y se subió a el, envolviendo con su capa gran parte del cuerpo blanco.
-No olvide quitarle la tiara dorada al caballo, mi señor.
El rey que ya estaba montado miró a Rájhman y le guiñó un ojo. Le dedicó una sonrisa y partió veloz. Devolvió de nuevo la mirada pero solo miró el fuego crepitar, a su lado había miles de destellos plateados que había dejado Rájhman al momento de desaparecer de ese lugar.

1 comentarios:
hola!! va bien, me encanto el saludo entre el mago y el rey jejeje, y eso de la flama eterna woow. solo falta de fondo la cancion de bangles jijijiji.
me gusta como describes insisto haces que uno camine en los paisajes.
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